Literatura

Muñoz Molina ofrece las recetas para el escribidor

El escritor reflexionó en una conferencia en Sevilla sobre los entresijos de la escritura

Antonio Muñoz Molina, ayer, en Sevilla
Antonio Muñoz Molina, ayer, en Sevilla

«La novela no es una ciencia exacta» aseguró ayer el escritor Antonio Muñoz Molina durante la conferencia que pronunció en Sevilla, en la que contó los entresijos de la escritura al periodista Alejandro Luque. La cita era en la sede de la Fundación Cajasol y el acto estaba organizado por esta entidad y la Fundación José Manuel Lara bajo el título «Aprendiendo a escribir novelas», con lo que la intención de quienes se acercaron a escucharle era saber cómo se las arregla el autor de «El jinete polaco» para ser uno de los escritores españoles con mayor reconocimiento internacional.

Para los que quieran emularlo, contó cómo los pequeños detalles hacen de cimientos para el edificio posterior que es la obra literaria. Así le ocurrió al comienzo de su primer trabajo cuando pasaba delante de la puerta de la cárcel de Granada y vio salir de ella a un preso por otra más pequeña. Un mínimo detalle, un trazo de realidad que le sirvió de estímulo para contar la historia de un escritor que sale de prisión después de varios años. «Uno tiene en la cabeza una idea que luego va al papel», aseguró para explicar el mecanismo con el que se unen varios trozos que luego forman el total de la novela. Como hacía Picasso, «recogiendo cosas del suelo: un tornillo, un trozo de cartón, un papel, con los que realizar el cuadro». Su cuento «Si tú me dices ven», donde narra la historia de un hombre que vuelve a su hogar y encuentra en un cadáver, nació en su cabeza preñado de inquietud y en la más habitual de las situaciones. Bajaba Muñoz Molina la basura en Granada y volvió la cabeza para ver la terraza de su piso cuando observó, aterrorizado durante sólo un segundo, que había alguien asomado a su balcón. Luego reparó en que no era una cabeza humana sino una de sus macetas, pero ya había prendido la llama de la ficción. Lo particular acaba en lo general porque «si algo es importante para ti se quedará grabado en tu cabeza».

Al contrario, a veces puede que acumulando gran material y datos al final no sirvan para contar nada porque el propio ejercicio de escribir le lleva por otros caminos insospechados. En 1997 trabajaba en «Plenilunio», que trata de un asesinado ocurrido en Granada en 1987. Al acabar el libro, el escritor encontró un cuaderno escrito años antes con todos los detalles de la trama pero que no recordaba, una especie de resumen con toda la historia resumida que no había utilizado. Casi mejor dejarse llevar por los pequeños detalles, insistió, y mediante ellos poder alcanzar lo universal de una historia. Este método y la constante inquietud del antiguo alcalde de Medellín (Colombia), Sergio Fajardo, que siempre se estaba subiendo las mangas de estrecho suéter; facilitaron la construcción de un personaje que debía ser un multimillonario y que era incapaz de perfilar.

Con mayor preocupación abordó el asunto del ejercicio de escribir como tal. El reto de la hoja en blanco que hay que rellenar, pasar de la abstracción de las ideas a la concreción de las palabras en el papel. Un momento que sale o no sale y al que los escritores se enfrentan a medio camino entre el pudor y el miedo. «Estás en una posición en la que tú estás y no hay nada delante». Un salto al vació con el que arrancar una novela que suele, las grandes así lo hacen, contar con una primera frase en la que está todo, un primer impulso que condensa lo que se quiere contar, explicó el autor de «El invierno en Lisboa», pues «es la que da el tono. Si no la tienes no tienes nada, es la que abre una historia». Además, el primer «acorde» no va dirigido al lector, sino al propio autor que tiene que ser convencido de que «el libro entero va a salir de una primera línea».

Como en todo recetario, siempre hay un decálogo de lo que no se debe hacer, de qué hay que evitar como los lugares comunes de la «basurilla lingüística en la que estamos». Si uno quiere hablar de China no se pude escribir «el gigante asiático», «no hay que ponerlo», insistió antes de especificar otras como «ruido ensordecedor» o los adjetivos «emblemático e icónico». Consejos de un escritor y académico de la española que concluyó que «quitar lo que no es importante es casi lo fundamental» para acabar una novela.