Orgullo etcétera

La Razón
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A Pedro, que vive desde hace un lustro en ese Brasil que ha convertido el travestismo en una industria y la monetiza en forma de remesa de divisas, le divierte la coincidencia de su onomástica con las paradas del Orgullo Gay, hoy rebautizado como movimiento LGTBIQ+, con el signo sumatorio para ahorrarse el consabido etcétera, y todavía hay quien piensa que este cuasi abecedario se queda corto. «Como sigamos así, hasta mi madre va a quedar incluida en alguna letra», siendo la señora una venerable viuda ameritada con la crianza a puro pulmón de una familia numerosa. El evento morirá enfermo de gigantismo, si nadie lo remedia, pero mientras es necesario regularlo con medidas de orden público similares a las que incomodan a cualquier andaluz en cualquier sábado de primavera, debido a la multiplicación de las procesiones extraordinarias (coronaciones, efemérides, una legión de hermandades de gloria...). «¿Pues sabes qué es lo más divertido?

–inquiere la voz de mi amigo desde Sudamérica– Que la boda de Sergio Ramos no fue ni la mitad de molesta, pero ahí sí se rasgaron las vestiduras todos juntos y se pusieron estupendos por igual, con el rollo de la ocupación del espacio público, los capillitas y los mariquitas». Y se adorna con sarcástico tono interrogativo. «¿Valga la redundancia?». No pretende uno forzar la analogía, desde luego, al comparar a los enchaquetados del Corpus con esos fortachones que lucen cuero y posaderas al aire en las carrozas, si bien resulta obligatorio consignar que a todos les une un afán exhibicionista enfermizo: son lo que sean por convicción, sin duda, pero también y sobre todo por la necesidad de ser contemplados, percibidos en el seno de una colectividad estruendosa. Corren malos tiempos para la individualidad, el librepensamiento y la inteligencia crítica.