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Poción mágica

La palabra del año deberías ser «coach», término inglés que se traduce por «entrenador» pero que ha trascendido el ámbito del deporte para convertirse en la profesión de moda, incluso en una actividad industrial. (Tan extendido está el barbarismo, que el procesador de textos no lo subraya en rojo.) Cualquier sacamuelas sin oficio concreto, pero con grandes beneficios y mayores ínfulas, se pasa a autodenominar coach: desde el monitor del gimnasio, lo que no deja de tener cierta lógica, hasta el sodomita que lleva de tiendas al ricachón o ricachona, antes conocido como «personal shopper», se apuntan a ser coach; pasando por el tipo que recomienda una dieta, que ya es nutricionista ni endocrinólogo, sino que se arroga el título de «coach alimenticio» sin necesidad de haber aprobado el bachillerato. Mucho antes de esta era infausta, alcanzó gran popularidad Antonio Escribano, doctor en Medicina y aficionado a los automóviles clásicos que lo mismo conseguía meter a una novia hermosa en su traje de bodas que afinaba a un futbolista para ganar dos centímetros de detente vertical en un córner. Corrían rumores sobre la ingesta de una misteriosa papilla en los descansos de los partidos y el sabio, en plena era dorada del doping, confesaba su culpa: «Es una poción mágica de los campesinos andaluces cuando trabajan de sol a sol en verano, a cuarenta grados, un mejunje multivitamínico que se toman a mitad de su jornada laboral: refresca, no pesa porque se bebe y permite seguir trabajando. Se llama gazpacho, aunque variamos un poco la receta. Le quitamos el ajo para que no repita, por ejemplo». La moda es contratar a un coach con robot de cocina incorporado para que dispense batidos de colorines a veinte euros el vaso. Variaciones del gazpacho para estómagos esnobs y bolsillos idiotas.