Sergio Leone: Sucio, glotón, déspota y genial

Ni había leído un libro ni falta que le hacía. Era gordo, sucio, glotón y déspota. Hablaba a voces e improvisaba genialidades. El oficio del cine le venía del padre. Atesoraba una larga experiencia como ayudante de dirección en los grandes rodajes americanos en Roma: Ben Hur, Quo Vadis y así. Él soñaba con las diligencias y los vaqueros de Nevada y Nuevo Méjico mientras, como recuerda McGilligan, rodaba escenas de cuádrigas en los estudios de Cinecittá. Una tarde fue a ver «Jojimbo», la película de samuráis de Kurosawa, y se le ocurrió que él podía hacer una del Oeste con el mismo argumento: lo plagió y le añadió colorantes personales. De la novela picaresca, de los dibujos animados y de los guiñoles del sur italiano improvisó un género: el nuevo western que, por depreciarlo, los críticos llamaron «spaghetti western».

La especialidad de Leone era llevar la contraria y tener razón. Desde Italia, donde no está documentado que alguna vez hubiera pieles rojas ni bisontes, exportó vaqueros fronterizos con cicatrices, curas con viruela y prostibularias de Nueva Orleans. Toda esta exhibición de humanidad la exportó a Hollywood, que es como cuando en los arrabales de Nápoles fabrican las falsificaciones de bolsos de Gucci encargados por la propia Gucci.

Leone no tenía una gorda pero se empeñó en rodar en España «Por un puñado de dólares», a mitad de 1964. Sin fama ni dinero tampoco estaba convencido de que Clint Eastwood, aquel desconocido actor de televisión americana, hiciera el papel principal de su película. Él quería a otros que lo rechazaban por estrafalario y Eastwood aceptó por tres motivos: le prometían 15.000 dólares, se lo tomaría como unas vacaciones españolas y si fracasaba, al estar tan lejos de Los Ángeles, nadie se lo tendría en cuenta. La relación entre ambos empezó por donde debía: Leone no quiso ir a recogerlo al aeropuerto romano. Con respecto a su protagonista, el nivel de exigencia del director no era alto ni bajo: era extravagante. Para el director italiano, aquel actor era un bloque de mármol, el material que «se requería». Eastwood sólo tenía dos expresiones: con sombrero y sin él. Por sumar un matiz, le obligó –pese a su repudio– a que mascara un cigarro o lo llevara entre los dientes.

El periplo español empezó en Hoyo de Manzanares, en La Cantera de Colmenar Viejo, reaprovechando un poblado que se había utilizado para películas de «El Coyote» y «El Zorro». El aspecto era caótico y pobre, es decir, excelente para Leone, quien, a lo largo del rodaje, se quedó sin celuloide, tuvo que parar por falta de fondos e Eastwood le amenazó con largarse a su país. Tras unos días en Castilla, un equipo reducido se desplazó a Almería. Remataron la faena entre San José y Tabernas, y especialmente en el cortijo El Sotillo, donde les prestaron luz y alojamiento. Para la música, se le ocurrió llamar a Morricone: «¿No te acuerdas de mí?», le preguntó. El compositor no lo recordaba. Al día siguiente, Sergio le llevó una foto de cuando ambos estaban en el mismo colegio; el músico accedió a hacer la banda sonora. Así. Todo era improvisación, pero la película se extendió por Europa como la peste y amasó 3.000 millones de liras. El western almeriense tardó tres años en llegar a los Estados Unidos. Fue un éxito. Este tipo, tan a su manera, travistió su nombre para hacerse pasar por americano legítimo: Bob Robertson, se hizo llamar.