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...y luego querrán pactar

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11 de junio de 2018. 19:55h

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Lucas Haurie 12/6/2018

El último proyecto político de Adolfo Suárez, el CDS, fue un inteligente movimiento mediante el que pretendió colarse entre rojos y azules para ahorrarle al contribuyente las exigencias de los nacionalistas, a los que calificó como «cínica bisagra». Sí, la malhadada Loreg certificó en 1985, cuando Felipe González ni siquiera intuía la posibilidad de perder su mayoría absoluta, la condición de CiU y PNV como (desleales y gorrones) socios obligatorios para gobernar en un escenario de Parlamento fragmentado. Pero Suárez se quedó sin fuerzas y lo dejaron sin dinero a mayor gloria del bipartidismo que, mal que bien, todavía lidió un par de decenios más con vascos y catalanes, pese a que cada vez se escoraban más hacia la autodeterminación primero y, en segundo lugar, hacia el abierto separatismo. En el último mes, PP y PSOE coinciden en demasiadas cosas y también, sospechosamente, en su delectación por vapulear a Albert Rivera, encantados ante la posibilidad de perpetuar esta política polarizada que los –nos– ha convertido en rehenes paganos de onerosos rescates. Se entiende este afán en los socialistas, que siempre tienen a mano la muleta del comunismo más o menos desorejado, pero, ¿qué ganan los populares con su inquina hacia la única fuerza dispuesta a pactar con ellos? Si Ciudadanos hubiese irrumpido en Andalucía en 2012, por ejemplo, habría volcado la mayoría gracias a esos votantes descontentos con el régimen juntero aunque genéticamente inhabilitados para votar a los conservadores, no desde luego a aquella versión de arrogancia cortijera que encarnaba Javier Arenas. Hoy, el reparto de cartas es distinto pero sólo una única forma permitiría el (salutífero) cambio de gobierno: PP + C’s = o > 55. Todo lo que no sea caminar en esa dirección equivale a perpetuar la dinastía.

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