Ciudad antisistema

Los 200 violentos habituales vuelven a poner en jaque el centro de Barcelona y obligan a la Policía a parapetarse en una comisaría

Los agentes de la Guardia Urbana escondidos en la comisaría ante la imposibilidad de controlar a los manifestantes
Los agentes de la Guardia Urbana escondidos en la comisaría ante la imposibilidad de controlar a los manifestantes

La manifestación convocada el viernes en Barcelona en solidaridad con los vecinos del barrio de Gamonal en Burgos, que en los últimos días han protagonizado duras protestas contra un plan urbanístico, acabó con graves disturbios. Para desánimo de vecinos y comerciantes, contenedores quemados, destrozos en el mobiliario urbano y en varios establecimientos volvieron a ser la estampa habitual de las manifestaciones más extremas de la Ciudad Condal, sin que las administraciones sepan atajar un problema que se repite con demasiada asiduidad.

La protesta reunió a un millar de personas en la plaza de Sant Jaume, una vez disuelta, sin embargo, comenzaron los alborotos tristemente habituales protagonizados por unas 200 personas, las mismas 200 personas que aprovechan este tipo de reivindicaciones para dar rienda suelta al vandalismo. Y es que de un tiempo a esta parte, los grupúsculos violentos cercanos a los movimientos antisistema se han enquistado en la ciudad. No son siempre los mismos que hace unos años ni están tan organizados como pudiera creerse pero los que se incorporan aprenden rápidamente conceptos mínimos de guerrilla urbana. Barcelona, sin duda, ha mejorado en este aspecto. No hace mucho, cualquier desalojo terminaba en batalla campal y ahora discurren con relativa tranquilidad. A menudo, incluso se ha hablado de la ciudad como la cuna del movimiento antisistema cuando, sin ir más lejos, el Ayuntamiento de Hamburgo, gobernado por el centroizquierda, tuvo que declarar el estado de excepción en pleno casco antiguo hace apenas dos semanas para poder controlar a los manifestantes. Sin embargo, las mejoras en cuanto a orden público no quitan que las imágenes de manifestaciones descontroladas se hayan convertido, para desasosiego de los vecinos, en un actor más de la ciudad. Desde el departamento de Interior se hace hincapié que, al margen de los 200 violentos, también hay un segundo círculo de personas, unas dos mil, pertenecientes a movimientos antisistema que, a pesar de no participar directamente en los altercados, justifican el uso de la violencia.

Algo así ocurrió el viernes y ha ocurrido en otras protestas. Tras la manifestación, llegaron los incidentes. Los 200 aprovecharon las callejuelas del barrio Gótico para quemar contenedores e improvisar barricadas. La tensión fue en aumento y la Policía, desbordada, tuvo que parapetarse en la comisaría de la Guardia Urbana en las Ramblas a la espera de que llegasen los antidisturbios. Allí, varios encapuchados atacaron el cordón policial desplegado lanzando sillas, macetas y botellas de vidrio. Los antidisturbios hicieron acto de presencia estrenando un cañón de sonido, que provoca un ruido ensordecedor, como sustituto a las pelotas de goma. La operación policial terminó con tres detenidos, dos menores y un adulto, principalmente, por desorden público y atentado contra la autoridad y cinco agentes heridos. El primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, Joaquim Forn, lamentó los disturbios y los calificó de «inadmisibles». Forn añadió que el Consistorio ejercerá la acusación particular por los incidentes.

El presidente del grupo municipal del PP en Barcelona, Alberto Fernández, pidió explicaciones al equipo de gobierno por las carencias del dispositivo policial, lo que en su opinión obligó a la Guardia Urbana a encerrarse en la comisaría para protegerse. A su juicio, «cuando la Guardia Urbana, en vez de proteger a personas y bienes, tiene que protegerse a sí misma encerrándose en la comisaría de policía, es que el dispositivo de seguridad ha fallado».