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Ibáñez

Esta semana pasada han pasado por Barcelona los nuevos responsables de las aventuras de Astérix. Y digo los nuevos responsables porque hace tiempo que el dibujante de la saga del galo, Albert Uderzo, colgó las botas. Lo mismo pasa ahora con Corto Maltés, continuado por las manos maestras de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero y que han logrado dar nueva vida al inmortal personaje de Hugo Pratt.

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Quien sigue al pie del cañón con sus personajes es Francisco Ibáñez. Acaba de editarse la nueva entrega de sus Mortadelo y Filemón con el navideño título de «¡Felices fiestas!». Son los gags de siempre, esas viñetas en las que descubrimos nuevos rincones de esa organización alocada llamada Técnicos de Investigación Aeroterráquea, es decir, la T.I.A.; persecuciones sin límites en las que el pobre superintendente Vicente trata de dar un escarmiento a sus dos peores agentes secretos. Es decir, Ibáñez en estado puro, tal y como le gusta a sus lectores.

Hace tiempo que sostengo que se le debe un gran reconocimiento a este veterano. Creo que muy poca gente ha contagiado el amor a la lectura como él. Que a sus más de ochenta años siga llenando páginas de dibujos con un trazo envidiable no es una buena noticia, es un acontecimiento. Lo que ocurre es que algunos continuan considerando los tebeos algo parecido a un arte menor, a una literatura popular en el peor sentido de la expresión. Están muy equivocados. Los personajes de Ibáñez siguen siendo una puerta abierta a conocer a leer, tanto para los más pequeños como para aquellos que no son muy dados a abrir un libro pasando por los que están enganchados a la lectura.

A Mortadelo y Filemón, a Pepe Gotera y Otilio, al 13 Rue del Percebe, a Rompetechos, a la Familia Trapisonda, a Tete Cohete y a tantos más siempre se puede volver. Eso se lo tendremos que agradecer siempre a Francisco Ibáñez.