Literatura

La verdad tras la página en blanco

Los grandes escritores tienen una particular forma de concebir su profesión y destacar lo que es necesario hacer para escribir bien

Damon Runyon tenía en el caos una gran ética de trabajo
Damon Runyon tenía en el caos una gran ética de trabajo

Los grandes escritores tienen una particular forma de concebir su profesión y destacar lo que es necesario hacer para escribir bien

La página en blanco no muerde, no se afila y se clava en el corazón, ni se evapora y se convierte en gas venenoso. Nadie ha muerto nunca por una página en blanco, pero muchos escritores sí que aseguran que las páginas hablan, insultan, y sobre todo se ríen, se ríen de ti, se burlan con maldad. Todos los escritores se han vuelto mejores por estas soterradas burlas inventadas por la propia psique, porque lo que diferencia, al fin y al cabo, a un gran escritor de un aficionado, es que persevera, que a pesar de las burlas, de la falta de fe, de la inanidad de las motivaciones para continuar escribiendo, lo hacen y acaban el trabajo.

Pensemos en Charles Dickens y cómo explicaba su método de trabajo. «Dando vueltas por la habitación, sentándome al fin, volviéndome a levantar, encendiendo el fuego, mirando por la ventana, jugando con mi pelo, volviéndome a sentar para ahora sí escribir, escribir absolutamente nada, luego escribir algo y luego destrozarlo y vuelta a empezar». La página en blanco cuesta siempre y a todos. Si tenemos en cuenta que Dickens, tras esta ritual danza grotesca antes de la batalla escribió «Grandes Esperanzas» o «Almacén de antigüedades», está claro que la duda, la pereza y la dispersión son los grandes ecos inspiradores del genio.

Lo importante, en cualquier caso, es escribir lo que sea. Ray Bradbury era así de sincero: «La cantidad produce la calidad. Si sólo escribes unas pequeñas cosas, estás maldito». Pocos escribieron más que el autor de «Crónicas marcianas». Por suerte destruía la mayoría de cosas que no sumaban a esa lógica de cantidad iguala calidad y no tendremos que aguantar la triste colección de relatos inéditos que no valen un pimiento.

Otro que sabía de esta necesidad de escribir, escribir, escribir era P.D. Wodehouse, que aseugró que: «Yo supongo que hasta Shakespeare, la mitad del tiempo, simplemente sacaba fuera lo primero que le salía de la cabeza». Porque escribir es un hecho sencillo que sólo los cobardes complican con excusas. Ya lo decía Kafka, «un escritor que no escribe es un monstruo que hace la corte a la locura».

Lo que está claro para los escritores es que su trabajo es dar valor a algo que, en realidad, no lo tiene, y engañar a los demás para que se lo crean. «Un escritor es alguien para quien escribir es más difícil que para el resto de personas», decía Thomas Mann. Porque es vital dar sentido y valor a nuestros actos, al menos para continuar haciéndolos. Si los escritores no se dan valor a sí mismos, quién lo va a hacer, ¡un flautista! No. Como decía Emerson, «Cuando hagas algo, hazlo con todo tu genio. Pon toda tu alma. Ponle el sello de tu propia personalidad. Se activo, enérgico, fiel y conseguirás tu objetivo».

Lo que hay que tener claro es que un buen escritor deja todo lo que tiene de valor en el papel, así que no tiene sentido la idealización de la persona. Quien le hubiese gustado conocer a su escritor favorito no sabe hasta qué punto nuestros deseos a veces pueden ser estúpidos. «Tengo un epigrama pegado en mi oficina: “Querer conocer a un autor porque te gusta su trabajo es como querer conocer a un pato porque te gusta su paté”», comenta Margaret Artwood, que seguro que es una mujer horrible porque sus libros son maravillosos.

En definitiva, y como recuerda Lillian Hermann, «si tuviera que dar un consejo a un joven escritor sería que no escuchasen a otros escritores hablando de escribir o de ellos mismos». Tiene razón, escribir es algo tan personal que todos los escritores se odian en secreto. «No ocurre que un verdadero amigo también sea un buen escritor», dijo E. B. White.