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Violencia y drogas tras la segunda manada de Manresa

La violación en grupo en un narcopiso ocupado por jóvenes migrantes pone en peligro la convivencia y cuestiona las políticas de integración

Reguetón, jóvenes migrantes magrebíes extutelados que trafican con droga. Vecinos que no callan: «Esto es una bomba de relojería».

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En el 3º, suena regueton a todo volumen. Jhay Cortez, J.Balvin y Bad Bunny entonan las estrofas del remix «No me conoce». «Se puso bonita porque sabe que hoy se bebe / Va a portarse mal pa’ sentirse bien / No quería fumar pero le dio al pen». Es una letra machista, como otras, pero está llamada a ser una de las canciones del verano. Josie, la vecina del 1º, avisa a su pareja: «Vamos a tener otra noche movidita».

El número 17 de la calle Aiguader de Manresa (Barcelona), donde el pasado sábado 13 de julio se cometió una violación grupal a una menor de 17 años entre las diez de la noche y las cuatro de la mañana, es uno de los muchos edificios ocupados del barrio de las Escodines. Hace un año, una veintena de chicos –la mayoría marroquíes y algunos subsaharianos–, se adjudicaron la última vivienda que quedaba libre en el bloque. La estancia no tendrá más de 50 metros cuadrados. Y los chicos vienen y van. Literalmente. El 3º funciona como piso patera y narcopiso, alertan los vecinos. Cada pocos días los chicos cambian.

«Hace un mes, había unos chavales muy jovencitos, probablemente, menores», cuenta Lina, vecina del número 19. Pero hará unos quince días se fueron y en su lugar llegó «un grupo de delincuentes peligrosos y eso no lo digo yo». «Nos lo advirtió el Ayuntamiento de Manresa», añade Carme Carrió, la presidenta de la Asociación de Vecinos de les Escodines, un barrio de payeses, de calles estrechas y casas viejas, tras la Cueva Santuario de San Ignacio de Loyola. Muchos pisos son de fondos de inversión, de la Sareb y del ayuntamiento. Están vacíos y descuidados. Y más de un centenar están ocupados por familias vulnerables, jóvenes migrantes o grupos que trafican con droga.

Josie y su pareja llegaron hace un año de Terrassa. «Nos dijeron que Manresa era más tranquilo», explica. Llegó de Costa de Marfil con 16 años, habla un castellano perfecto y dice que está estudiando un máster. El sábado estaba en su casa cuando dos pisos más arriba, cuatro de sus vecinos presuntamente violaron a una menor. Esa noche vio a unas chicas subir al piso. Nada que no fuera normal. Ni ella ni su pareja oyeron los gritos de la chica. «La música estaba a todo trapo», asegura.

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Narcopisos

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Lina salió a trabajar y no regresó hasta las cinco, pero su padre, Sixto, que también vive en el edificio contiguo, en el número 15, tuvo guerra con los chicos. Sus dos perras estaban muy alteradas. Sobre las 3.00 horas les lanzó una cebolla a la ventana con la intención de pedirles que bajaran la música. Le devolvieron insultos y ahí acabó todo. El ayuntamiento había avisado de que los jóvenes eran delincuentes conflictivos que habían expulsado del casco antiguo de la ciudad. «Mejor no meterse», pensó Sixto.

«¿Tú crees que nos pusieron protección tras el aviso? ¡Pues no!», exclama Carme molesta. «Fuimos los vecinos los que llamamos a los Mossos d’Esquadra, la policía local y la Policía Nacional. Pero sólo vinieron los últimos. Hace un año y medio que avisamos de que el barrio es un polvorín y de que en verano iba a estallar. Hay decenas de fincas enteras ocupadas ilegalmente que no disponen de suministros básicos, ni ventanas ni baños y donde viven centenares de personas en condiciones insalubres. Tenemos localizadas los números 5, 13,16, 17, 18 y 25 de la calle Aiguader; el número 38 de la calle Sant Bartomeu y los números 16, 18, 30, 37 y 45 de la calle Santa Clara», detalla Carme, que advierte de que esta última calle «es otra bomba de relojería». Pese a sus advertencias, Servicios Sociales no ha logrado resolver la problemática. En el número 5 de Aiguader vive una persona con problemas de salud mental que duerme en los bajos rodeado de basura y botellas con orina. Medio Ambiente no retira los escombros de los patios traseros. Sanidad no interviene, pese a que en los últimos seis meses, los vecinos hen cazado 80 ratas de la medida de un gato y Juventud no da al abasto para gestionar la oleada de jóvenes migrantes que vienen del área metropolitana de Barcelona. Tuvo que haber una violación en manada para que la administración interviniera. Ahora, hay un coche de los mossos y otro de la urbana a lado y lado de la calle, de 200 metros. Y se ha activado un plan de choque para actuar contra los pisos ocupados.

La noche de los hechos, en 3º del número 17 de la calle Aiguader, sonaba música árabe, regueton y hip hop a todo volumen. «Quítate la ropa q hace calor, días de playa, noche de terror», dice el hit de Bad Bunny. Y tan de terror. Según el auto del juez, la menor acompañó a la vivienda a un grupo de chicos de origen magrebí, dos extutelados de la Generalitat, que había conocido en la calle. Una vez allí, se tomó tres cubatas y dio caladas a un porro. Iba ebria y uno de los jóvenes la acompañó a una habitación y la tumbó en el suelo. Le quitó la ropa y la violó, pese a que la chica dijo «no». Luego entró otro chico que también la violó y así hasta cuatro. A las cuatro de la mañana, la chica logró coger el móvil de uno de sus agresores y dio un primer aviso al 112. Daría otro, tras lograr huir del piso, donde la tenían retenida. Después de recibir ayuda, volvería con la policía e identificaría a tres de los cuatro agresores. El cuarto fue detenido después. Tanto los Mossos como la juez ven «coherente y veraz» el relato. La juez ha dictado cárcel para los cuatro por riesgo de fuga y reiteración delictiva.

La brutal agresión en manada coincide con el juicio a otra manada de la misma ciudad por violar a una niña de 14 años. Aunque los hechos son muy distintos. En aquella ocasión, los agresores eran seis jóvenes entre 19 y 26 años, latinos. La agresión tuvo lugar en la otra punta de la ciudad. En una fábrica abandonada del camino de la Torre d’En Vinyes, donde un grafitti recuerda el crimen: «no es abuso, es violación».

En las Escodines, denuncian más agresiones. Loles, otra vecina de la calle Aiguader, dice que hace dos meses abusaron de una joven. También cuenta que los robos son el pan de cada día, «robaron el móvil a una joven con fuerza, ahí arriba», señala. «Y ahí abajo, a un abuelo y también a un niño. No tienen miramientos», lamenta. Habla de los jóvenes que vivían en el piso donde se cometió la agresión. Vivían, en pasado, porque desde la violación en manada, el piso está precintado. Said Tahiri, que llegó hace 22 años al barrio junto a otros compatriotas y regenta desde hace nueve el único supermercado del barrio, corrobora que la llegada de estos chavales violentos puso en peligro la convivencia. «Yo dejaba la furgoneta abierta y ahora la he de cerrar, porque me roban». «Andan todo el día con peleas por chicas y drogas», añade Ahmed, un joven de 27 años en la cola del supermercado, donde los vecinos hablan todo el día del tema.