Me acuerdo, Marchamalo

Me acuerdo de que un día encontré un libro en el que alguien había tenido la paciencia de reunir toda la biblioteca personal de Julio Cortázar. Era una invitación a saber lo que le interesaba al autor de «Rayuela», ver los párrafos que subrayaba o anotaba, las dedicatorias recibidas o, simplemente, su pasión por la lectura.

Me acuerdo de que ese fue el primer libro que leí escrito por Jesús Marchamalo, un loco de los libros y de sus autores, alguien a quien le gusta mirar y remirar en bibliotecas de escritores, descubriendo en sus estanterías tesoros ocultos, como si él fuera un bucanero a la búsqueda del cofre con las joyas ocultas.

Me acuerdo de que me encontré por primera vez con Marchamalo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y que me dedicó un libro dibujándome un elegante sombrero. Me acuerdo de que en ese encuentro me habló de su pasión bibliográfica y que, entre otras lindezas, guardaba un ejemplar de H.G. Wells que ustosamente me gustaría robarle.

Me acuerdo de que Jesús Marchamalo no solamente ama los libros sino que sabe cómo contagiar esa pasión en un tiempo en el que el papel parece ser una especie en vías de extinción. Porque a Marchamalo le gusta reivindicar tocar los libros.

Me acuerdo de que Georges Perec escribió un libro llamado «Me acuerdo» y de que Jesús Marchamalo, siguiendo la estela del autor francés, ha hecho ahora su «Me acuerdo», un libro en el que tiene ilustradores que son sus compañeros de viaje. Hablo de nombres que admiro como Fernando Vicente, Antonio Santos, Damián Flores o Mo Gutiérrez Serna. Pero por encima de todo, están los recuerdos maravillosos de Marchamalo. Me acuerdo de que lo admiro y que ha sobrevivido, lo cual tiene su mérito, a las polillas que nos suele enviar José Luis Melero.