Europa

Londres

Palabra de Gombrich

E. H. Gombrich se confiesa en una larga entrevista donde habla de sus vida e intereses artístico
E. H. Gombrich se confiesa en una larga entrevista donde habla de sus vida e intereses artísticolarazon

Hablar de Sir Ernst Hans Josef Gombrich es hacer referencia a uno de los nombres más importantes en la historia del arte, una de las miradas más inteligentes del siglo XX. Sus textos siguen siendo fundamentales para comprender qué es lo que nos transmite una obra y cómo interpretarla.

Algo de todo eso aparece en un libro que llega a las librerías el día 11. Se trata de «Lo que nos cuentan las imágenes» (Editorial Elba), un volumen que recoge los diálogos de Gombrich con el escritor y filósofo francés Didier Eribon, especialmente conocido por su apasionada biografía de Michel Foucault. Eribon quería seguir en este libro los pasos dados en otros libros de entrevistas, como los que había dedicado a Georges Dumézil y Claude Lévi-Strauss. El resultado final está a la altura de las expectativas más exigentes. Todo ello por un objetivo. «Mi ambición es explicar. Contemplar la historia del arte con cierta perspectiva. Para ver qué ocurre», apunta el intelectual en el libro.

Gracias a las preguntas de Eribon, el libro se convierte en una suerte de autobiografía del historiador donde no faltan las referencias a sus años de formación en su Viena natal. El caso de Gombrich es parecido al de tantos intelectuales austriacos que se vieron obligar a huir de su país por culpa del nazismo, instalándose en Londres, como su compatriota Freud. Fue en el Instituto Warburg de la capital británica donde se dio a conocer como sabio.

En las páginas del libro podemos encontrarnos también con sus impresiones sobre el papel del historiador del arte, así como los valores que debe defender. Gombrich siempre lo tuvo claro: «la civilización tradicional de Europa occidental. Soy consciente de que hay cosas horribles en esta civilización. Lo sé perfectamente. Pero creo que el historiador del arte es un portavoz de nuestra civilización: queremos saber más sobre nuestro Olimpo». Es imposible no estar de acuerdo con el sabio cuando, en esta misma línea, asegura que «tenemos que estar muy agradecidos por poder escuchar a Mozart o contemplar a Velázquez, y muy tristes por los que no pueden hacerlo».

Gombrich era un firme defensor del artista, de la individualidad en el acto de crear. En este sentido, su lema era «el arte no existe. Sólo existen los artistas». En «Lo que nos cuentan las imágenes» explica que su punto de vista nace de sus lecturas de Schlosser o Croce. El historiador que «cada obra de arte es en cierta forma una creación espontánea. Cada poema lírico es una realidad autónoma y cada cuadro es como una "isla"».

Eribon también interroga a su entrevistado sobre las obsesiones de su entrevistado. Una de ellas es el Renacimiento, en general, y Leonardo da Vinci, en particular, a quien califica como «un milagro, y un milagro que se nos escapará siempre».

Otros apuntes interesantes s on los que se refieren a la propia obra de Gombrich, especialmente su monumental «Historia del arte» o «Arte e ilusión». Este último título provocó no pocos debates referentes a si su autor lo había escrito para llevar a cabo una defensa de la pintura figurativa. Ese peculiar error de interpretación aparece aclarada porque «ese libro quiere ser una investigación y no un alegato. Es absurdo creer que a mí sólo me gusta el arte realista. Me gusta la arquitectura. Me gusta la decoración....», rememora. Cuando Eribon trata de saber qué pintura le interesa, Gombrich no duda porque «he de decir que tengo cierta debilidad por la maestría del oficio, en artistas como Velázquez o Chardin».