Un lector llamado Dalí

LA RAZÓN visita la biblioteca personal del pintor surrealista guardada en la fundación que tiene su nombre y el de su musa.

Apuntes inéditos de un Dalí ya enfermo en un libro de René Thom

LA RAZÓN visita la biblioteca personal del pintor surrealista guardada en la fundación que tiene su nombre y el de su musa.

Una de las facetas más desconocidas de Salvador Dalí es su fascinación por la letra impresa. A su muerte, el pintor dejó una importante biblioteca y que guardaba en su casa-taller de Port Lligat. A ella se sumaron los muchos volúmenes que poseía Gala en su castillo de Púbol. Todo este conjunto se guarda actualmente en la Fundació Gala-Salvador Dalí , en Figueres, un legado que ha podido consultar este diario.

Una mirada a las lecturas del genio ampurdanés demuestra la variedad de sus intereses, ya fueran desde la ciencia a la pintura pasando por el cine, la música o los clásicos de la literatura. Dalí no era un bibliófilo, por lo que nos resultará difícil enconcontrar ejemplares limitados o con grabados, con la excepción de aquellos relacionados con su trabajo o sus compañeros en el grupo surrealista. Así que hablamos de la biblioteca de un lector, de alguien a quien le apasiona la letra impresa hasta el punto de subrayar páginas o hacer anotaciones.

Hay lagunas en esta biblioteca porque nos faltan los libros del Dalí joven, perdidos para siempre cuando fue expulsado del hogar familiar. Por eso no encontraremos los ejemplares que le dedicó Lorca, su gran amigo de juventud, pero sí algunos de los poemarios del autor granadino publicados por Losada en los años 40 y 50. Precisamente la poesía parece ser una de las grandes obsesiones de Dalí, especialmente la de Rubén Darío, de quien guarda ejemplares –a veces repetidos– de sus obras. Tampoco faltan Foix, Neruda, Miguel Labordeta o la poesía de los místicos españoles.

Las letras francesas son las mejores representadas en este legado. Dalí poseía desde «En busca del tiempo perdido» de Proust, pero también «Las flores del mal» de Baudelaire, algunas novelas de Colette, los primeros trabajos de Georges Pérec e, incluso, algunas de las intrigas policiales de Georges Simenon. Igualmente, Dalí está atento a lo que son las letras catalanas, por lo que no es de extrañar que guardara libros de Pla, Verdaguer, Llull, Fages de Climent, Ors, Sagarra o Salvat-Papasseit, entre otros.

Dalí está al tanto de todo lo que tiene que ver con el mundo del arte. Por eso en los fondos de su biblioteca hay varias monografías sobre Velázquez, Rembrandt, Miguel Ángel o Picasso, pero también hay uno de los primeros catálogos dedicados al trabajo de Andy Warhol. En cuanto al cine, podemos encontrar una historia del cine escrita por su amigo Ángel Zúñiga, aunque más soprende en el apartado de música que le interesara leer una biografía de Bob Dylan, en esta ocasión escrita por Jordi Sierra i Fabra.

La ciencia es una de las grandes pasiones de Dalí, con un número ingente de títulos. Entre ellos están algunos estudios de Sigmund Freud, entre ellos una edición de las cartas del padre del psiconanálisis donde Dalí subraya uno de los pasajes relacionados a su visita a Freud. En «The Double helix», de James D. Watson, uno de los descubridores de la estructura de la molécula de ADN, dibuja en los márgenes, inspirándose en la forma del ADN para abocetar lo que sería la imagen central de su cuadro «El atleta cósmico».

El matemático René Thom fue uno de los grandes amigos de Dalí que se tomó en serio su interés por la ciencia. En 1983, Thom le envió una copia de «Paraboles et catastrophes», su último libro. El volumen guardado en Figueres está lleno de bocetos realizados por un Dalí ya bastante enfermo de párkinson, pero que trata todavía de demostrarse a sí mismo que es capaz de dibujar. Esos apuntes, en su mayoría, son de figuras femeninas, aunque también encontramos alguna escena protagonizado por un gallo realizado con línea insegura. Son parte de la despedida de Dalí como artista, alguien que dibujaba solamente para él como una terapia contra la vejez que temía.

A Dalí también le gustaba conservar su propia producción literaria. De esta manera podemos ver en su biblioteca copia de su autobiografia «Vida secreta», su novela «Rostros ocultos» o de sus muchos y polémicos ensayos, como «Los cornudos del viejo arte moderno» o «Carta abierta de Salvador Dalí a Salvador Dalí». En ocasiones, el pintor llegó a adquirir ejemplares de su propia creación literaria y que había tenido otro propietario con anterioridad. Eso es lo que pasa con «L’Amour et la mémoire», un poemario de 1931 y que en su primera página está firmado por quien fuera su primer dueño: Luis García Berlanga, en 1940.