«A veces, el día a día de la gente corriente es ya una aventura»

Carlos del amor / Periodista, autor de Lla vida a veces»

-Llega a Valencia procedente de Bilbao y camino de Sevilla. Lo hace cansado pero curioso - «siempre»- y también más tolerante tras vivir en persona en qué consiste esto de la promoción de libros. Carlos del Amor (Murcia, 1974) acaba de publicar «La vida a veces» (Espasa).

-Veinticinco microrrelatos, veinticinco «pequeñas grandes historias». ¿No se atrevió con una novela al uso?

-Soy muy pudoroso. Igual no me sentía capacitado para abordar una novela, o no tenía la historia. A lo mejor el salto de la brevedad del Telediario a un relato era un salto al semivacío y no al vacío total. Encontré este escalón intermedio en el que se siento cómodo. Y me apetecía. Siempre he sido de relatos. Me gusta tener un libro de relatos como libro de cabecera. Así que, a ver si algún lector también se lleva el mío a la cama.

-¿La brevedad de las historias responde a una estrategia comercial? ¿Tiene algo que ver con la cultura actual de los 140 caracteres?

-¡No, qué va! La editorial pensó en primer lugar en una novela, pero fui yo el que propuse lo de los relatos. Es verdad que cada vez somos más esclavos de lo rápido, de lo breve, de lo efímero... Pero un relato de doce páginas puede encerrar una vida entera. Yo a veces acelero tanto el personaje que vive y muere en esas páginas. Este formato era la distancia y el espacio justo para contar lo que quería contar.

-Alguno de estos relatos sí dan para una novela, ¿se lo ha planteado?

-Cuando pones el punto final de una historia, la dejas «muerta» y dices: «Ya no es mía». Pero cuando la relees piensas que quizás podría dar para más. Pero este libro está recién salido del horno, así que vivo con él y no me planteo, de momento, nada más.

-¿Todas las historias tienen una base real?

-Hasta la más disparatada. Como la del funambulista, que nace de la noticia del hombre que cruzó el Niágara hace un año sobre una cuerda floja. Me pareció una imagen muy poética. Pensé que no bajaría nunca más porque lo que hay abajo no le gusta, porque, a veces, y más en estos tiempos, igual se está mejor en un alambre, mirando desde arriba, que con los pies en tierras y arenas movedizas.

-Le ha salido un libro triste.

-¿Triste? Melancólico, diría yo. Se ha ido filtrando la melancolía por todas las páginas. A mí siempre me ha gustado pararme en un momento y echar la vista atrás, como hacen estos personajes. Mirar al pasado para saber de dónde vienes y hacia dónde vas, o para que ese destino sea un poco mejor.

-¿«La vida, a veces, es una aventura»? ¿Sólo a veces?

-En el libro me fijo en personajes «pequeños», en seres anónimos que podríamos ser tú, yo... o el señor que pasa ahora por la calle. No nos solemos preocupar por lo que le ocurre a la gente normal, pero a lo mejor está viviendo una gran aventura. Una aventura vital. A veces, el día a día ya es suficiente aventura.

-Uno de sus relatos homenajea a Ortega y Gasset y la creación del vocablo «vivencia». ¿A usted qué palabra le hubiese gustado inventar?

-«Vivencia» no está mal. No me hubiese importado inventar «ataraxia» (imperturbabilidad del espíritu), que es lo que Andrés Hurtado sufre en «El árbol de la ciencia» (de Pío Baroja). Me gusta cómo suena y lo que significa.

-Es usted un periodista que ha desarrollado su carrera principalmente en el área de Cultura de los Servicios Informativos de RTVE y lleva años cubriendo los principales festivales de cine del mundo, así que en su primera obra no podían faltar las referencias al séptimo arte. Como a uno de sus personajes, ¿qué final de película le hubiera gustado cambiar?

-Me hubiese gustado que no se hubiese quemado el Cinema Paradiso, que el protagonista no hubiera muerto y que hubiera podido ver la escena final de los besos.

-¿Y a qué dos personajes le hubiese gustado juntar en una película?

-¡Hum! (piensa un instante) Una visita de Charles Chaplin a casa de Vito Corleone hubiera estado bien. A ver qué favor le hubiese pedido para «la familia». Y que el protagonista de «La vida de los otros» lo hubiese escuchado todo y hubiese informado a la Stasi.

El desolador panorama del periodismo

Se reconoce un privilegiado por hacer lo que hace - «una de las profesiones más bonitas que existen»- y por dónde lo hace -en la sección de Cultura de RTVE-. Más afortunado aún si cabe dada la situación de un colectivo que en lo que va de crisis ha destruido en España casi 8.000 empleos. Ahora que viaja por «provincias» de promoción observa que aquí «el panorama es todavía más desolador». Cree que las consecuencias van más allá de lo económico y pronostica apenado un futuro con una oferta informativa cada vez más homogeneizada. «La calidad de la información va a sufrir un deterioro. Al final, vamos a estar todos los medios de comunicación cogiendo teletipos». No obstante, los malos augurios no minan su buen ánimo, quizás porque en el fondo sí guarda algo de ataraxia. «Éste es un oficio que te engancha. Eres periodista para toda la vida».