Política

Manel, la última victoria ¡a toda vela!

Que se prepare la Corte celestial que van a saber «lo que es papa buena»

La Razón
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Que se prepare la Corte celestial que van a saber «lo que es papa buena»

Ha fallecido Manuel Casanova Safont y lo ha hecho victorioso ¡a toda vela! en su última regata con San Pedro abriéndole las puertas del cielo para recoger el gran trofeo de su vida, de manos de Dios, en quien tenía puesta su confianza, compartida con su fe y entrega a la familia. Con él ha muerto un caballero, valenciano a carta cabal. Porque a Manel le adornaron muchas virtudes: la honradez, la defensa de la verdad, el amor a la familia... Y además, su amor por Valencia. En mis casi 40 años de presencia en esta tierra, nunca conocí a alguien que le superara en ello. Ni políticos, ni representantes de asociaciones y organizaciones. Nadie le sobresalió en el orgullo de ser valenciano. Como nadie le superó en su amor al mar.

La adoración por Valencia la paseó por todo el mundo, allá donde fuera presumía, adoración que culminó en su batalla incansable para convencer a Ernesto Bertarelli de que no había una ciudad como Valencia ni un campo de regatas como el de su Náutico para celebrar la Copa América de Vela. El mar, la mar. Su pasión, su otra alma. En él, en ella, fue feliz. Hasta tal punto, que supo descubrir lo que Jorge Luis Borges no pudo «el mar es un antiguo lenguaje que ya no alcanzo a descifrar». Tú llegaste a desvelar sus maravillas. Superaste al personaje de Heminway «El viejo y el mar» cuando afirmaba «El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel». Aun sabiéndolo, desde el respeto, siempre viste la mar como dulce y hermosa. Allí disfrutaste de los tres sonidos más elementales e inigualables de la naturaleza: el de la lluvia, el del viento y el del océano.

Manel, has cubierto tu singladura como los grandes. Ahora que se prepare la Corte celestial que van a saber «lo que es papa buena», van a valencianizarse hasta saciarse de horchata con fartons. Y, de colofón ¡cómo vas a saborear ese «gin and tónic» que te tiene preparado tu discípulo Juanito Moreno! Cómo imagino a todos los santos escuchando con admiración vuestras batallas y admirando su ingenio y tu carisma. Y todo, con el orgullo y satisfacción de la obra bien hecha, dejada en la tierra. Tu mujer, Merche, tus siete hijos, una prole de 17 nietos y unos cuantos añadidos, entre los que me encuentro, que los disfrutamos. A modo de despedida, recuerdo aquellos versos de Alberti: «Gimiendo por ver el mar,/un marinerito en tierra/iza al aire este lamento:/¡Ay mi blusa marinera;/siempre me la inflaba el viento/al divisar la escollera!»

Así es la vida.