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112 años devolviendo encanto al papel más tradicional

El taller de encuadernación artesanal Calero, que lleva abierto desde 1907, sobrevive al empuje de la tecnología a base de pulcritud artesanal y adaptación a los tiempos

El taller de encuadernación artesanal Calero, que lleva abierto desde 1907, sobrevive al empuje de la tecnología a base de pulcritud artesanal y adaptación a los tiempos

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Entre paredes enladrilladas sostenidas por vigas de madera resquebrajada y maquinaria tan vasta como guillotinas se reparten planchas y prensas hidráulicas decimonónicas (una de ellas es de finales del año 1800) y una radio analógica Toshiba Dual Alarm que reproduce música contemporánea (de lo poco de allí). Aquí, en este pequeño lugar del corazón de Madrid se respira un ambiente que mezcla artesanía y manualidad a partes iguales. Muy cerca de la plaza de Colón aguarda un taller de encuadernación histórica bautizado como Calero, que se enfrenta a embistes digitales a través de la perfección manufacturera y el cuidado minucioso del detalle desde hace más de 112 años.

La pregunta obligada sería cómo puede resistir un negocio puramente anacrónico en una época en la que la tiranía digital ya ha aplastado a más de un gremio relacionado con la artesanía. El taller ha sobrevivido una Guerra Mundial, una dictadura, una República, una Guerra Civil, otra dictadura, otra Guerra Mundial y una Transición. Pero siempre en el mismo lugar: “Ha estado abierto de forma continua. No ha cerrado sus puertas en ningún momento. Somos un pequeño museo de todo lo que ha ido aconteciendo”, explica Maite, una de las dueñas del negocio. Aunque también faltan piezas del puzle, sobre todo aquellas que tienen que ver con la censura franquista: “Se conserva todo, excepto simbología de la República. Cuando llegó el franquismo se deshicieron de muchas cosas”, recuerda.

Lo que en su día fue un negocio familiar, hoy está regentado por dos socias, Maite y Chon, quienes cuentan, además, con Mónica y Cristina. Las dos primeras mujeres son encuadernadoras: se hicieron con el local hace cinco años tras llevar empleadas 15 y 20 años antes, respectivamente; las compañeras son restauradoras. “Esto ha sido un oficio de hombres: las mujeres preparábamos y cosíamos, no llegábamos a más. Sólo ascendían ellos, pero eso era más bien antes” -explica Maite, y continúa- “Al principio, cuando se jubiló el último encargado, los clientes nos vigilaban mucho más el trabajo: abrían el libro, lo miraban de arriba abajo, lo revisaban... Después esos mismos clientes nos han felicitado, pero sí, algo ha habido”.

¿Y qué se hace allí? Menestralía con libros, fundamentalmente: aquí se retocan para darles un matiz artesanal. Se trata de un producto de nicho: el público que lo adquiere lo hace, y aquí es literal, por amor al arte: “Embellecemos las obras, les damos una durabilidad y un lujo, pero siguen siendo las mismas que compras por ahí. La diferencia estriba en que la gente puede pagar el que le encuadernes el libro y si se puede permitir tener toda la biblioteca en piel con todo tipo de lujos... Es otro poderío económico”, afirma Maite. Pero no sólo se vuelca el taller en ponerlos bonitos, también restauran obras antiguas, resucitándolas: “Viene gente con libros de hasta 100 años o pergaminos del siglo XVI. A ellos les explicas qué es lo que vas a hacer. Pero aparte, por ejemplo, también restauramos un abanico, cartelería de época, cajas de marfil... No se trata sólo de libros”, sentencia.

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El negocio funciona. Los encargos de encuadernación y restauración no cesan y han comenzado a impartir una serie de cursos artesanales (caligrafía, cartonaje y encuadernación) que lo vuelven rentable. “Lo cierto es que es una línea de negocio que llevamos alrededor de cinco años explorando y va bien: tenemos los grupos llenos”, evalúa Maite. “Hay casos en los que se le da uso. Hemos tenido a una estudiante de Bellas Artes que le viene bien aprender ciertas cosas o a un fotógrafo de bodas que quería mejorar sus pedidos. Pero la mayoría vienen aquí por hobby”.

Sin embargo, si miran al pasado sí encuentran momentos delicados, donde la sostenibilidad económica tomaba un cariz de inseguridad: “Quizás uno de los momentos más complicados fue la llegada del libro electrónico porque parecía que nos iba a quitar mucho trabajo”, cuenta Maite. “Pero al final se ha convertido más en un complemento: los que hemos sobrevivido hemos afianzado una clientela fiel”. También notaron el azote de la crisis económica al tratarse de un servicio “prescindible”: “Muchos talleres cerraron. Este tipo de servicio es algo que no se necesita para vivir, es un lujo. Entonces, la gente que puede permitírselos nota menos la crisis que yo, que soy una trabajadora. Quizá influyen más las tendencias políticas, los momentos de elecciones... Eso se puede notar más que la recesión”, finaliza.

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Con la tecnología bullendo y evolucionando día a día, un pequeño taller artesanal ha logrado crearse su propio espacio y sobrevivir. Pero porque no han pretendido derrocarla, sino fusionarse con ella y mimetizarse con los nuevos tiempos dentro de lo que estira una práctica antiquísima. Mientras habla de esto, Maite sostiene un álbum de fotos de bodas encuadernado manualmente con una pantalla en la parte interna de la portada mostrando algunas imágenes en movimiento para ejemplificar la adaptación. Es convivencia, no competencia, pero con un valor cultural añadido: “Nosotros conservamos vestigios de historia desde que el taller se abrió”. En medio de una capital de patinetes eléctricos, iphones y airpods conectados a través de bluetooth y sistemas inteligentes que reproducen el Spotify tras intercambiar palabras con ellos, Calero se aferra a su pulcritud y su mimo para “sobrevivir: porque aquí se no se vive, se sobrevive”.