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Cientos de madrileños acuden al entierro de la sardina que cierra el carnaval

La alegría y la pena se han mezclado hoy en el tradicional entierro de la sardina, rito en el que han participado cientos de madrileños y con el que se despide a Don Carnal, protagonista de las fiestas de carnaval, y se da paso a Doña Cuaresma.

Plañideras y alegres viudas elegantemente enlutadas han llorado y reído la muerte del humilde pescado en una tarde luminosa y con buen tiempo a orillas del río Manzanares.

Organizado por la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina, formada por un centenar de personas y que se remonta al año 1942, el desfile del singular cortejo ha arrancado de la plaza de San Antonio de la Florida.

Caída ya la tarde, el desfile ha terminado en la fuente de los Pajaritos de la Casa de Campo con una fogata en la que han ardido "los malos actos y pensamientos", a la espera de que de sus cenizas brote la alegría, paz y concordia que "caracteriza al pueblo de Madrid".

"Sardina, sardina, sardina te vamos a enterrar, pero jamás te podremos olvidar"; o "diga lo que se diga, que bonito es un entierro...", se desgañitaban cofrades y plañideras.

La tradición del entierro de la sardina, que se sigue en muchos rincones de España, podría remontarse al siglo XVIII, en tiempos del reinado de Carlos III, cuando la Corte, no se sabe si en preparación de la Cuaresma o por el puro placer de hartarse a pescado, mandó traer a la Villa un enorme cargamento de sardinas de las que no pudieron dar cuenta antes de que entraran en descomposición.

En un gesto de aparente generosidad, se invitó a la plebe al convite, en la Casa de Campo, con idea de que "el hambre del pueblo"acabara con el pestilente pescado.

Los madrileños, en vez de comerse en "regalo", lo enterraron, pero, con guasa y alegría, consumieron mientras tanto vinos y otros caldos, y lo pasaron tan bien que decidieron repetir el encuentro año tras año, hasta convertirlo en tradición.

El rito se perdió con Franco, que prohibió cualquier acto de carnaval. Fue Serafín Villén, según cuenta su sobrino Mariano Villén, quien convenció un miércoles de ceniza a un grupo de amigos para enterrar la sardina en la Casa de Campo, a pesar de la prohibición impuesta. Y desde entonces hasta hoy.

Hay otra versión sobre su origen según la cual la costumbre de enterrar la sardina nació hace tres siglos en Madrid durante las fiestas que se celebraban antes de la Cuaresma.

Tal día como hoy se reunía la gente en el campo y lo que se enterraba no era un pez, sino un cerdo abierto en canal al que se llamaba 'cerdina'.

La tradición se fue extendiendo por otros pueblos y ciudades de España, pero adoptaron la costumbre de oído, ya que confundiendo los términos, de modo que la 'cerdina' acabó en sardina.