Política

Cuando la penicilina se vendía de estraperlo en el bar Chicote

Dos alumnos del doctor Carlos Jiménez Díaz consiguieron comprar la penicilina en el bar Chicote. Foto: Hemeroteca Municipal
Dos alumnos del doctor Carlos Jiménez Díaz consiguieron comprar la penicilina en el bar Chicote. Foto: Hemeroteca Municipal

El de 1944 fue un año de restricciones eléctricas en Madrid, pero también pródigo en acontecimientos: se inaugura le nueva Escuela Oficial de Periodismo, la Prisión Provincial de Carabanchel y la línea VI del Metro, entre Argüelles y Goya. El Ayuntamiento adquiere el palacio de O'Railly, del siglo XVII, y en la Monumental de las Ventas, debuta el matador de toros Carlos Arruza.

Pero el año iba a estar marcado por un importante hecho científico y médico: la llegada a España de la penicilina, un nuevo fármaco descubierto por el doctor Fleming, en 1929, y que habían perfeccionado dos científicos americanos, en 1940. El 2 de marzo de ese año se anunciaba que ese fármaco, capaz de salvar muchas vidas, llegaría a España por primera vez, y en concreto, a Madrid.

La receptora era una niña de nueve años de edad, Amparito Peinado, hija de un funcionario de la Compañía de Tabacos, que vivía en el número 4 de la calle de Andrés Mellado. La pequeña, que padecía una septicemia estreptocócica desde hacía mes y medio, había sido desahuciada por los médicos. La penicilina ya se comercializaba en otros países, pero su precio astronómico de 15.000 dólares la dosis la hacía inasequible para familias modestas como la de Amparito.

Gracias a una serie de gestiones diplomáticas, el gobierno de Brasil quiso regalar a España la dosis del fármaco que podía salvar la vida de la pequeña madrileña. El viaje de las 12 ampollas inyectables fue largo y complicado, ya que duró más de una semana. El medicamento, dentro de un termo de hielo, estaba en el interior de una caja de hojalata, con una etiqueta que ponía: «Laboratorios Oswaldo Cruz. Medicamento precioso. Debe ser conservado en hielo antes de servirse». Viajó en avión desde Río de Janeiro, hizo escalas en Natal y Bolama, después llegó a Casablanca y desde allí, a Lisboa, donde fue recibido y custodiado por el embajador de Brasil en España, Mario Pimentel Brandao. La penicilina llegaba a la estación ferroviaria de Delicias en el Lusitania Espress. El 10 de marzo, a las 14:30 horas, Amparito Peinado recibió la primera dosis. Pocas horas más tarde, otro paciente, residente en La Coruña, ingeniero de Minas, enfermo de endocarditis bacteriana, recibía una dosis de penicilina enviada por las tropas americanas que ocupaban un puerto en el Norte de África.

Desgraciadamente, ni Amparito ni el ingeniero coruñés, pudieron sobrevivir. La situación de sus dolencias era extrema y la penicilina les llegó demasiado tarde, incluso, quizá no en las mejores condiciones de conservación. Más suerte tuvo el ilustre doctor Carlos Jiménez Díaz, que en agosto de ese mismo año de 1944, gracias a la iniciativa de sus alumnos, recibía una dosis del revolucionario medicamento, que le salvó la vida. Quedó curado de la neumonía neumocócica que le había puesto al borde de la muerte. Los estudiantes habían comprado la dosis, de dos gramos, de contrabando, en el bar Chicote, de la Gran Vía.

Por aquellos tiempos, conseguir la penicilina en España resultaba muy complicado por su alto precio. Era la época del estraperlo en la posguerra y el medicamento sólo se encontraba en el mercado negro, a veces en las mismas reboticas de algunas farmacias. Se decía que su valor superaba al del oro, y ello propició el contrabando.

En 1945 se creó una comisión para intentar garantizar una distribución adecuada en farmacias y hospitales de todo el país, evitando así su paso por el mercado negro, y un año después se autorizaba la venta libre de la penicilina en todas las farmacias, aunque su precio seguía siendo muy elevado por los altos costes de producción.

Para la historia de la Villa y Corte quedaba grabada esa fecha del 10 de marzo de 1944, cuando la madrileña Amparito Peinado se convertía en la primera española en recibir un medicamento que, varios años después, iba a ser la panacea salvadora de muchas vidas.