Madrid no encuentra los huesos de sus personajes más ilustres

Lope de Vega, Diego Velázquez, Calderón de la Barca, Francisco de Goya... La región tiene una deuda con algunos de sus vecinos más célebres, cuyos restos nadie ha sido capaz de localizar o identificar.

Un grupo de investigadores trabajó en la cripta bajo la iglesia de San Ildefonso del convento donde se creía que fue trasladado Miguel de Cervantes en 1730. Foto: J. Balaguer
Un grupo de investigadores trabajó en la cripta bajo la iglesia de San Ildefonso del convento donde se creía que fue trasladado Miguel de Cervantes en 1730. Foto: J. Balaguer

Lope de Vega, Diego Velázquez, Calderón de la Barca, Francisco de Goya... La región tiene una deuda con algunos de sus vecinos más célebres, cuyos restos nadie ha sido capaz de localizar o identificar.

En estas fechas que se aproximan, en las que se recuerda, se honra y se visita en los cementerios a los seres queridos ya desaparecidos, Madrid tiene una deuda con algunos de sus hijos o vecinos más ilustres, cuyos restos han desaparecido y nadie es capaz de localizar. Cuatrocientos años tuvieron que transcurrir para encontrar los huesos de Miguel de Cervantes. Lo hallado en 2015 en el convento de las Trinitarias Reales de San Ildefonso fueron esquirlas de sus huesos, mezcladas con los restos de otros difuntos, entre los que podía estar los de su propia esposa, Catalina de Salazar.

Madrid perdió en su día los restos mortales de algunos de sus personajes más ilustres. A lo largo de la historia ha habido momentos en los que se ha despertado el interés por encontrarlos, pero solo en el caso de Cervantes se ha conseguido. El cuerpo de Calderón de la Barca viajó por varios lugares donde fue enterrado y después exhumado, para acabar, presuntamente, desaparecido durante el incendio de la iglesia en la que descansaba. Los huesos de Lope de Vega pudieron ser arrojados a un osario común. Y tras muchas búsquedas, tampoco se ha conseguido encontrar los del pintor sevillano, y madrileño de adopción, Diego Velázquez, ni la cabeza de Francisco de Goya. Mientras, los huesos de San Francisco de Borja se salvaron in extremis de un voraz incendio, gracias a la intervención del arquitecto Pedro Muguruza.

Lope de Vega, en paradero desconocido

El escritor madrileño Lope de Vega fue enterrado en 1635 en la iglesia de San Sebastián, de la calle de Atocha. El conde de Sessa entregó 700 reales para sufragar los gastos del funeral, el entierro y el alquiler de la tumba. El problema es que no quedó documento ni constancia del lugar exacto de su inhumación, por lo que se teme que fueran trasladados de un lugar a otro del templo, en función de las obras que se realizaron en el mismo a lo largo de su historia. O incluso que los huesos del escritor fueran arrojados a un osario común de la bóveda, entre los años 1654 y 1658. Otra versión alude a que, pasados los años, no se renovó el pago que se debía hacer para mantener el alquiler de la tumba, por lo que los huesos fueron exhumados y depositados en un osario común junto a los de centenares de cadáveres. El caso es que, pese a los varios intentos que se han realizado, no se ha conseguido localizar sus restos.

Los restos viajeros de Calderón de la Barca

Calderón de la Barca fue inhumado en la iglesia de San Salvador, en 1681. Allí permaneció durante 170 años, hasta que fue derribado el templo. Sus restos fueron trasladados entonces a la Sacramental de San Nicolás, donde estuvieron por espacio de 28 años. Pero no acabaría aquí el ir y venir de sus huesos, ya que fueron trasladados al inconcluso Panteón de Hombres Ilustres, de la Basílica de San Francisco el Grande. El paso del cortejo fúnebre inauguraba el viaducto sobre la calle de Segovia. Sin embargo, sus restos quedaron almacenados, durante cinco años, junto a los de otros ilustres personajes a la espera de que el Panteón fuera concluido. Pero antes de que esto ocurriera volvieron de nuevo a la Sacramental de San Nicolás. Y seis años más tarde, a un templo de la calle de la Torrecilla del Real, una parroquia que se cerró en 1902, por lo que, de nuevo, los restos de Calderón fueron trasladados a una capilla del antiguo hospital de la Princesa.

No paró aquí su recorrido después de muerto, ya que años más tarde encontraron aposento en una iglesia de nueva construcción, en la calle Ancha de San Bernardo. La fatalidad quiso que, durante la II República, el templo fuera incendiado. Con el siniestro se dio por desaparecido el cuerpo de Calderón, aunque hay una serie de interrogantes que hacen pensar que los restos no fueron pasto de las llamas. Al parecer, un sacerdote dijo haber ocultado personalmente el arca con los huesos de Calderón en lugar seguro, pero nunca desveló el sitio exacto. Tampoco dieron frutos los trabajos para averiguarlo. Sin embargo, un viejo congregante afirmó que esos restos nunca fueron colocados en una arqueta, sino en un nicho situado en la pared, aunque tampoco desveló el lugar. Nada se pudo lograr, ya que, durante las obras de restauración del templo, se tapó toda la fábrica primitiva, lo que hizo imposible la búsqueda.

Creyeron haber encontrado a Diego Velázquez

El pintor sevillano Diego Velázquez murió en 1660 en el antiguo Alcázar de Madrid. Su cuerpo fue inhumado en la iglesia de San Juan. Situada cerca de la plaza de Ramales, el edificio fue saqueado y destruido en 1808 por las tropas de Napoleón, momento en el que dieron por desaparecidos los restos de Velázquez. En la década de los noventa del pasado siglo se intentaron localizar, aprovechando las obras de remodelación de la citada plaza. En 1999, los investigadores aseguraban que los huesos del pintor se habían encontrado junto a los de su esposa, Juana Pacheco, en una tumba de la iglesia de San Plácido, donde pudieron ser trasladados antes de que los franceses incendiaran la de San Juan. Pero la desilusión fue total cuando las pruebas practicadas al cuerpo, que creían era el de Velázquez, resultaron negativas.

La pérdida de la cabeza de Goya

Francisco de Goya murió en Burdeos en 1828. Enterrado en el cementerio de La Chartreuse, sus restos permanecen en el olvido durante 52 años. En 1880, el cónsul de España en esa localidad francesa, Joaquín Pereyra, dio con la tumba donde estaba sepultado el pintor aragonés. Problemas burocráticos impidieron que el cadáver de Goya fuera repatriado a España, pero en noviembre de 1888 se procedía a la exhumación del cadáver. Al abrirse la tumba, aparecieron dos cajas: una forrada de zinc y otra, de madera, sin ninguna placa identificativa. En la primera, había el esqueleto completo de una persona, Martín Miguel Goicoechea, amigo y consuegro del pintor de Fuendetodos; en la otra, todos los huesos de un cuerpo humano, excepto la cabeza, lo que hacía pensar que ese esqueleto decapitado era el del pintor, a tenor del tamaño de sus tibias y de los restos de un tejido de seda de color marrón, presumiblemente del gorro con el que fue enterrado Goya. Hasta el 5 de junio de 1899 los restos del pintor no pudieron salir de Burdeos con destino a Madrid donde quedaron, de forma provisional, en la cripta de la Colegiata de San Isidro hasta que en 1900 fueron inhumados en la Sacramental de San Isidro. Diecinueve años más tarde, fueron trasladados a la ermita de San Antonio de la Florida y depositados bajo la cúpula que el mismo Goya había pintado, lugar en el que permanecen sepultados desde entonces.

Pero la cabeza sigue sin encontrarse. Sobre por qué apareció decapitado el cadáver, hay varias hipótesis: Goya pudo haber pedido a sus albaceas que, a su muerte, le separaran la cabeza del cuerpo y la enterraran en Madrid; que él mismo dejara dicho que se donara a la ciencia para su estudio; que le fuera separada del tronco nada más fallecer, para que los científicos estudiaran su cerebro; que dejara dicho a su amigo, el doctor Laffargue, que se la cortara y llevara a su laboratorio, en el asilo de San Juan (Burdeos) para realizar un estudio frenológico, que pudo haberse llevado en secreto y, posteriormente, depositar el cráneo en unos de los hospitales de la Facultad de Medicina de París. En el transcurso de las investigaciones, nada se pudo concretar. Cuando fue enterrado en San Antonio de la Florida, se introdujo en la sepultura un pergamino, firmado por Alfonso XIII, con el siguiente texto: «Falta en el esqueleto la calavera, porque al morir el gran pintor, su cabeza, según es fama, fue confiada a un médico para su estudio científico sin que después se restituyera a la sepultura ni, por tanto, se encontrara al verificarse la exhumación en aquella ciudad francesa».

San Francisco de Borja, salvado por Muguruza

Los restos de San Francisco de Borja, fallecido en Roma en 1572 fueron trasladados en una urna el 30 de julio de 1901 a una iglesia de la madrileña calle de la Flor Baja, con la tutela y ayuda de la casa de Medinaceli. Al acto asistió la familia real y la nobleza. En 1931, el templo sufrió un devastador incendio y se temió que los restos del santo hubieran quedado reducidos a cenizas, por lo que en un primer momento, se dieron por perdidos, pero el arrojo del que fuera gran arquitecto madrileño, Pedro Muguruza, impidió que la historia perdiera los restos de otro personaje ilustre. Muguruza penetró en la iglesia, y entre los restos humeantes, removió los escombros y rescató la arqueta que contenía los restos del santo.

«No hay en España profesión más intranquila, insegura e incómoda que la del difunto ilustre» (Mariano de Cavia). Y cargado de razón estaba el ilustre periodista.

¿Son de Cervantes los huesos hallados?

Miguel de Cervantes fue enterrado en 1617 en el convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, sin que se conociera el lugar exacto. Incluso se llegó a creer que sus restos fueron a parar a un osario común sellado con cal y cemento. José Bonaparte quiso buscarlos, pero fue estéril. No se intentó de nuevo hasta 2014, cuando un grupo de investigadores trabajó en la cripta bajo la iglesia de San Ildefonso del convento donde se creía que fue trasladado en 1730. El 17 de marzo de 2015 se daba el resultado: ateniéndose a la certeza histórico-documental, arqueológica y antropológica, se confirmaba el hallazgo de los restos del escritor, aunque con prudencia, porque lo que encontraron eran esquirlas de huesos, mezcladas con los de otros difuntos. Se dio por confirmado que los huesos de Cervantes estaban allí. A pesar de ello hay muchas dudas, sobre todo de expertos, sobre que las esquirlas halladas correspondan a los huesos del autor del Quijote.