¿Ya no somos obreros?

Luis Bermejo durante el ensayo de la obra en el teatro Español
Luis Bermejo durante el ensayo de la obra en el teatro Español

Difícilmente un actor te va a decir antes de estrenar que el proyecto en el que se encuentra metido no le gusta. Y aquí, con Luis Bermejo, no va iba a ser menos. Aunque esta vez no deja lugar a la duda porque le toca «bien dentro», dice a la carrera. No para. Va de un lado a otro, de una grabación o una función a un ensayo y, por el camino cierra lo próximo. Tanto como para tener la nevera tiritando. «No hay nada. Te cuelgo y voy corriendo al súper», ríe. Lo que no deja de ser buena señal, la de que no le falta trabajo. Algo de lo que se congratula, al mismo tiempo que se enrabieta pensando «en esos derechos que teníamos y que cada vez son menos». Y es que, aunque tenga un amplio abanico en el que elegir, de lo que hoy procede hablar es de ese montaje que le acaricia la fibra, que le «emociona» especialmente. Porque «Mundo obrero», lo último de Alberto San Juan –aquí autor, director y compinche de Bermejo en el escenario junto a Marta Calvó y Pilar Gómez–, se centra en ese movimiento que a base de luchar consiguió abrir paso al Estado de Bienestar. «No sé tú, pero ahí es donde están mis raíces», cuenta el actor.

Es por ello por lo que aborda el estreno del día 4, en la Sala Margarita Xirgú del Español, con especial ilusión. «Porque es una declaración de amor a esa clase trabajadora, luchadora y obrera a la que pertenecieron mis familiares», recuerda el intérprete.

Todo comienza en Barcelona, en los años 20 del siglo pasado, en el Café la Tranquilidad. Es allí donde un mendigo se acerca a una mesa para pedir una moneda. Entonces, el hombre al que se la ha pedido saca una pistola y se la pone en la mano: «Ve a un banco y coge lo que necesites. Es tuyo», le incita. Sube la música y da inicio a una función que, centrada en una pareja y su posterior descendencia, irá desgranando el movimiento obrero de la primera mitad del XX hasta hoy y haciendo de la cafetería un olivar, un callejón de Lavapiés, el Congreso o una oficina hasta llegar a nuestros días.

Un tiempo, el actual, en el que Bermejo se siente «desasosegado, me quedo en shock cuando veo las noticias –dice– parece que permanentemente los poderosos nos tienen que mandar mensajes de miedo. No sé qué ha pasado, pero nos hemos olvidados de lo que ha costado lo que tenemos». Por ello invita a la gente a un espectáculo que entiende como «un ejercicio de memoria y una incitación a continuar rescatando el espíritu perdido de antaño». Esos recuerdos que, lo explica San Juan, nos llevan a «nuestros abuelos, padres, nosotros mismos. Buscando una casita, una tierrita, un trozo de pan, una inversión millonaria, poder dormir al acostarse, exhaustos», termina.