Lola Herrera y Héctor Alterio, un amor crepuscular sobre las tablas

Héctor Alterio y Lola Herrera, en una escena de la obra
Héctor Alterio y Lola Herrera, en una escena de la obra

La arruga no solo es bella, resulta fascinante cuando acompaña a la sabiduría y el sentido del humor de dos veteranos actores

La arruga no solo es bella, resulta fascinante cuando acompaña a la sabiduría y el sentido del humor de dos veteranos actores que se encuentran por primera vez en escena con la ilusión de quien tienen un compañero nuevo de pupitre en la escuela. Eso acaba pensando uno cuando, además de escucharles conversar, sabe que tienen que enfrentarse a un texto como «En el estanque dorado», de Ernest Thompson, protagonizado por dos seres añosos y cuyos diálogos se asoman al abismo de la hora final y a las inquietudes que traen para muchos coleccionar décadas: «Nunca he escondido mi edad, esa gente que se quita años solo se engaña a sí misma. Lo mismo que hacerse esas operaciones que las deja inexpresivas», asegura Lola Herrera.

Los silencios tensos

Además de enfrentar unos temas tremendos, pero muy macerados en humor negro, ambos desafían a la memoria de los espectadores, que han visto a sus personajes con la piel de Henry Fonda y Katharine Hepburn. «Sabíamos que el título estaba en la memoria colectiva, sobre todo, por sus protagonistas y que eso nos podía jugar en contra», asegura la actriz, pero, tras la gira han comprobado que «el público conserva en su mente que la película era más triste de lo que luego les parece nuestro montaje». Hector Alterio considera que el texto teatral es mucho más incisivo y profundo: «Me parece totalmente distinto al filme», sentencia el intérprete argentino.

Se decidieron por esta propuesta porque supone un viaje emocional de la risa al pellizco en el estómago del espectador: «Se ha ido colocando con las funciones porque en esta ocasión el público manda mucho. Hay un humor, permanente y muy oscuro del personaje de Norman que genera risa, pero también se masca desde el escenario los silencios tensos», detalla la protagonista. Su compañero se siente bastante cómodo dentro de este ser tan amargo: «Cuando uno tiene que interpretar a alguien tan distinto a uno le resulta atractivo porque supone un entretenimiento permanente. Solo estamos emparentados por la edad». A Lola Herrera le ha tocado una mujer mucho más vital que ejerce de contrapunto: «Yo también soy positiva, pero mi personaje y yo no encaramos las cosas de la misma manera. En cualquier caso, me resulta atractivo vivir en esta función algo que no me ha tocado en la vida: una relación de pareja tan larga. Es algo que me recuerda lo fanástico de esta profesión».

Magüi Mira, que va forjando poco a poco su carrera como directora, se encarga de la puesta en escena. Ambos destacan que es importante compartir ensayos con alguien que conoce de manera tan precisa el instrumento del actor porque ha ejercido la profesión durante tanto tiempo: «Es de las que venía con los deberes hechos de casa, incluso traía estudiadas las posiciones que nos iban a resultar más cómodas».

Reencuentro tardío

Resulta sorprendente que ambos hayan poblado nuestra escena durante tanto tiempo y solo hubieran coincidido en una ocasión, en una película de la época en que Alterio era un recién llegado a nuestro país, cuando decidió dejar Argentina por motivo políticos. «Héctor dice que le pregunté: ¿Haces teatro? Y es que no sabía quién era, pero me alegré porque, por alguna razón, yo tengo mi propia teoría, pero no la voy a contar aquí, había muy pocos varones en mi generación y siempre me han tocado parejas artísticas muy mayores, como Rodero, y más jóvenes que yo. Juan Diego ha sido la mía más repetida en lo artístico», cuenta Herrera. El caso es que Jesús Cimarro, que ha producido algunas de las últimas obras de los dos, decidió poner fin a este desencuentro y parece haber acertado, no solo por el resultado artísticos, sino porque comparten confidencias y copas de vino como si fueran viejos amigos.