De monumento románico a fondo de Instagram

La conservación de las ruinas de una ermita románica de Ávila trasladada en el siglo XIX a la capital se ve amenazada por el uso indebido que hacen de ellas algunos al convertirlas en escenario para sus fotografías

La luz apenas se abre hueco entre sus sólidos muros de sillería a través de las delgadas aspilleras. Como si de un corte limpio se trataran, estos finísimos vanos rompen la dureza del macizo y dejan entrever la calidez del mundo del que se escondía al otro lado la arquitectura románica medieval. Un estilo artístico que se hizo con toda Europa Occidental durante más de dos siglos de Historia y que en España floreció en las tierras por encima del Tajo. Esto incluye Madrid y, sin embargo, una de las muestras más concurridas al tiempo que más desconocidas del legado románico en la capital no le pertenece a la ciudad, al menos, en origen. Y es que, como aún atestiguan sus huellas donde se erigió extramuros, la Ermita de San Pelayo primero y de San Isidoro después es una construcción abulense cuyas ruinas descansan ahora en el Retiro. Claro que estos restos se encuentran cerca de la Montaña Artificial del parque y bien podrían parecer elementos muy logrados de una bucólica escenografía, perfecta para una tarde de juegos de ensueño o, mejor aún, como parte de un set de fotografía entre salvaje e histórico con el que conquistar seguidores ávidos de aparente autenticidad. Así que, seguramente, sin querer, los visitantes fortuitos de este monumento románico en Madrid podrían estar contribuyendo con sus cuentas de Instagram a destruir el que parece el fondo perfecto para una buena fotografía que, de no poner remedio, corre el peligro de desvanecerse al mismo ritmo que se desinfla la burbuja invisible de un éxito en Internet.

Curiosamente, la Ermita de San Pelayo y San Isidoro, levantada en el siglo XI en la ciudad de Ávila, llegó a Madrid ocho siglos después huyendo de lo que parecía inminente: el olvido. En aplicación de la Ley de Desamortización de Bienes Eclesiásticos de 1856, el templo, que ya era una construcción histórica, fue desmontado y sus «piezas» puestas a la venta al mejor postor, que fue Emilio Rotondo y Nicolau, un emprendedor castellano asentado en la capital al que le gustaba compaginar su pionerismo en torno al mundo de la telefonía con su afición a la arqueología. El ingeniero trató de continuar con el negocio revendiendo los restos de la ermita al Ayuntamiento de San Sebastián, su ciudad de veraneo, pero, finalmente, cerró el trato con la Real Academia de Historia en 1893, que estableció la iglesia como la reliquia románica que es en los jardines del Museo Arqueológico Nacional. Pero por poco tiempo, porque en 1896, el entonces presidente Antonio Cánovas del Castillo, se interesó en las ruinas y el museo se las cedió al Ayuntamiento de Madrid, que las reubicó en el Parque del Buen Retiro, allí donde hoy siguen en pie, pero en peligro.

Que entonces ni existían los teléfonos inteligentes ni la influencia de nadie se medía por el número de followers en no sé qué red social, como seguramente tampoco se le ocurría a nadie pisar restos patrimoniales con la ligereza que lo hacen ahora jóvenes y no tan jóvenes con las ruinas de la Ermita de San Pelayo y San Isidoro en el Retiro. Por eso y con la esperanza de que la razón de este descuido no sea otra que el puro desconocimiento, el pasado martes 10 de noviembre el grupo municipal Vox propuso el cercado de las ruinas a través de una iniciativa que ha sido aprobada por mayoría, aunque con la abstención del PSOE. El tiempo dirá si así este monumento vuelve a ser eso: un monumento.