Historia

Los secretos de Ramón y Cajal, Ayala y Berlanga en el corazón acorazado del Cervantes de Madrid

Luis García Montero, director de la institución, recorre junto a LA RAZÓN el Edificio de las Cariátides, la sede central, y cuenta cómo es su relación personal con el espacio, la historia del lugar y sus rincones más curiosos

Cada mañana, un poeta se despereza en el número 1 de la calle Larra y a las ocho de la mañana acude a su lugar de trabajo. Si las predicciones de Google Maps son rigurosas, Luis García Montero no tarda en llegar a la sede central del Instituto Cervantes más de trece minutos caminando. Al inicio de su trayecto, se cruza con la gente que va al mercado de Barceló y con los padres que llevan a sus hijos al colegio Isabel La Católica, que queda a la derecha de sus pasos, frente a los jardines del arquitecto Ribera. A continuación, baja por Fernando VI, pasa por el edificio de la SGAE y por delante de la librería Antonio Machado, enfila la calle Barquillo y, en dirección a Alcalá, llega al Cervantes de Madrid. «Es un paseo bonito porque atraviesa el centro histórico de la ciudad y se mezcla con la vida cotidiana de la gente», asegura el poeta, que ha pasado de la sencillez de su escritorio a la voluptuosidad de un espacio imponente, referencia del conjunto arquitectónico de la capital.

«Es un edificio importante, histórico, que le da mucha prestancia al Instituto Cervantes», cuenta García Montero, y explica que «nuestro trabajo se desarrolla sobre todo en el exterior, pero tener una sede central donde se hacen tantas cosas sirve para recalcar la importancia que el estado español le da a esta institución». La cultura sustituyó a las finanzas en 2007, cuando el número 49 de la calle Alcalá pasó a ser la sede central del Cervantes. En el mismo espacio estuvo el palacio de los marqueses Casa-Irujo, hasta que los arquitectos Antonio Palacios y Joaquín Otamendi proyectaron en 1910 la construcción del edificio que hoy se mantiene desde 1918. Al principio albergó la sucursal del Banco Español del Río de la Plata, donde los indianos guardaban sus fortunas que habían amasado en sus viajes a Latinoamérica, y más tarde se convirtió en sede del Banco Central y del Santander Central Hispano.

Las cuatro columnas con forma de mujer que custodian el pórtico de entrada en la esquina de Alcalá con Barquillo le dan nombre al espacio: Edificio de las Cariátides. Y una decena de columnas jónicas, cinco a cada lado, se apostan sobre este acceso principal, achaflanado. En el vestíbulo se intuye el pasado financiero del emplazamiento, con sus ventanillas circulares y sus mesas enormes donde se distribuían los clientes. Desde la cúpula a veinticinco metros de altura, que se completa con una vidriera emplomada que instaló la casa francesa Maumejean, los trabajadores del Cervantes ven pasar las estaciones en el jardín del Estado Mayor del Ejército, en contraste con el ajetreo madrileño que confluye en la cercana plaza de Cibeles. La vista desde la cúpula alcanza hasta la puerta de Alcalá, con el edificio de Correos y la Casa de América a uno y otro lado.

La caja de las letras

Si la subida a la cúpula entraña una experiencia de lo más bucólica, descender hasta la cámara acorazada del antiguo Banco del Río de la Plata supone un verdadero viaje en el tiempo. Las antiguas cajas de alquiler que custodiaban los caudales de los indianos hoy atesoran legados culturales. En la etapa donde César Antonio Molina era director de la institución, se decidió que aquella puerta inexpugnable, que ha servido de escenario para el rodaje de series como La Casa de Papel, se abriría desde entonces para guardar las donaciones de los premiados con el Premio Cervantes. Así Francisco Ayala fue el primero en donar su material en 2007. A sus cien años, pidió que su caja se abriera en 2057, pues contenía una carta al futuro escrita cincuenta años antes en la que se imaginaba cómo sería el mundo entonces.

También se recibe material de figuras que forman parte de cualquier disciplina artística. «El compromiso es convertir las antiguas cajas de caudales en un espacio que homenajea a la cultura, porque esa es la verdadera riqueza de una comunidad», asegura García Montero. El director del Instituto Cervantes cuenta que esos legados tienen distintas particularidades. Por ejemplo, una de las cajas contiene la medalla que recibió el médico Ramón y Cajal cuando fue galardonado con el Premio Nobel. En el caso del cineasta Luis García Berlanga, que pidió que su caja se abriera cuando se cumplieran 100 años de su nacimiento, se encontró un guion inédito de una película que habría formado parte de la saga La escopeta nacional. Habría sido la cuarta.

Recuerda también el poeta la intensidad del momento en que la Caja de las Letras recibió el legado de su compañero Joan Margarit, que trajo sus libros en castellano y en catalán «como un hermanamiento de dos culturas que van de la mano». O cuando Ana Belén legó los pendientes que había utilizado en la representación de La Casa de Bernarda Alba y el ejemplar donde por primera vez había leído esa obra. Por su parte, Fernando del Paso legó la camisa que se ponía cada vez que sufría crisis creativas porque la había dejado perdida en su casa un amigo que se mató en un accidente de tráfico. «Para obligarse a seguir luchando contra las crisis, se ponía esa camisa para sentirse heredero de todos los que ya no podían escribir», añade el director, y concluye refiriéndose al verdadero sentido de esta Caja de las Letras: «Sentirnos herederos de todas las personas que nos han dado lo mejor en la literatura, el cine, la música y todas las disciplinas».

En otro orden, confiesa que el momento más emocionante que ha vivido desde que ocupa el cargo en el Cervantes tuvo lugar tras los momentos duros de la pandemia. «Después de tantos días trabajando y pensando en una plantilla de más de mil personas repartidas por más de noventa ciudades en el mundo, volvió el rumor de la vida al edificio. Lo que eran pasillos y despachos vacíos empezó a llenarse de gente. Eso sirvió de esperanza para representar un momento difícil».

Prestigio alto, salarios bajos

Al cabo, García Montero se siente honrado «de representar a una institución que trabaja en la defensa y la divulgación de las culturas españolas». El director del Cervantes recuerda cuando se puso en marcha en 1991. El granadino ya contaba con algunas publicaciones, su nombre sonaba con fuerza en los círculos literarios del país y aceptaba ilusionado las invitaciones de los distintos institutos –Italia, Francia, Estados Unidos…– ligados a la institución. «España tenía una representación cultural al mismo nivel que estos países, y esto era un signo de modernidad, prosperidad y orgullo», rememora el poeta con nostalgia. Sin embargo, «cuando pasas a la dirección, todo cambia». Desde julio de 2018, fecha en la que asumió el cargo, tiene sensaciones encontradas. «Por un lado, el orgullo de tener una sede que demuestra la importancia de la institución; y por otra parte la incomodidad de saber que los presupuestos tan reducidos con los que contamos deslucen toda esa buena apariencia».

El director del Cervantes no disfruta del espacio como entonces, pues tiene que hacerse cargo de «problemas que se convierten en una urgencia»: que los salarios no llegan a fin de mes, que hace falta remodelar un edificio… En definitiva, lamenta que el Cervantes pueda tener «mucho prestigio, pero paga los salarios propios de la Administración española, así que los trabajadores se van». Con todo, García Montero aclara que «no es un problema del Instituto Cervantes», sino que «la sociedad española tiene que acostumbrarse a darle valor a la cultura» porque en las democracias europeas más potentes se invierte en cultura mucho más que aquí. Además, «esto no afecta solo al Cervantes, sino a todas las instituciones», apostilla.