¡Que venga Obélix!

Cazarlos, esterilizarlos, alejarlos sin más... la superpoblación de jabalíes va camino de cambiar el paisaje de buena parte de España. Urge una respuesta ante una «plaga» que ha tomado no ya los montes, sino el centro de las ciudades.

A todo llegaremos. La superpoblación que padece nuestro país con los jabalíes nos va a hacer mirar, como un buen ejemplo, de lucha a esas pitanzas, esas comilonas celtas, protagonizadas por Astérix y Obélix en los que los jabalíes eran el plato principal. La despoblación rural, que lleva a estos cerdos salvajes a buscar comida en entornos urbanos, y la presión del lobo –cuyas poblaciones se está recuperando–, hacen cada vez más frecuente la presencia de estos animales en urbes de toda España. Algo que se repite en buena parte de Europa. Las cifras oficiales hablan por sí solas. En 1980, cuando Félix Rodríguez de la Fuente era el rey de la fauna salvaje española en televisión, se cazaron en España 30.000 jabalíes. El año 2017, la cifra alcanzó los 300.000. Este crecimiento sin freno, ha provocado una accidentada invasión en busca de comida de carreteras y municipios cercanos a las ciudades. Incluso en grandes urbes como Madrid y Barcelona. Comen de todo, crían hasta tres veces al año y no atacan al hombre, salvo que se vean acosados y heridos. Su exceso ha disparado los accidentes de tráfico, a veces letales. Son un grave peligro en las carreteras en la noche. Según datos de 2017, los jabalíes se vieron implicados en más de 7.000 accidentes. En los últimos seis años han provocado 58 muertes y más de 200 heridos graves. Las mutuas cifran en 1.600 euros el coste medio por siniestro, que se dispara a 6.500 en caso de lesionados y muertos. Asociaciones de cazadores y de animalistas mantienen posturas irreconciliables para abordar el problema. Los primeros son partidarios de abatirlos sin cuartel. Los segundos se oponen radicalmente a las matanzas y sólo aceptan castrarlos, aunque esto último es realmente caro, pues supone un gran número de personal y fondos públicos. En el País Vasco y Cantabria están haciendo uso de orín de lobo, un perfecto repelente. Sin embargo, sólo «aleja» el problema, no acaba con él. Está claro que urgen medidas más drásticas y efectivas. Los números –y la partida– va en nuestra contra.