¿Permisos parentales para fomentar la natalidad?

Juan Rallo

Suele decirse que España tiene un problema de natalidad para garantizar la financiación de su Estado de Bienestar. El número de hijos por mujer apenas alcanza la cifra de 1,3 y, en consecuencia, la masa de trabajadores futuros que van a estar cotizando para pagar las pensiones (y otros servicios públicos) va a ser decreciente. Acaso por ello, el Ejecutivo socialista anunció este pasado viernes que los permisos de paternidad se ampliarían intransferiblemente desde las cinco semanas actuales hasta las 16 en 2021, equiparándolos de esta forma con el de las madres. Además, seis de esas 16 semanas serán obligatoriamente «disfrutadas» por el padre con el objetivo de permitir la completa recuperación de la mujer tras el parto. Se pretende así, nos dicen, fomentar la natalidad facilitando la conciliación de la vida laboral y familiar tras el nacimiento. Pero, ¿realmente es así?

De entrada, conviene señalar que la influencia de los permisos de paternidad sobre la natalidad no es incontrovertible. Algunos estudios encuentran efectos positivos, otros hallan efectos nulos y aun otros sugieren que apenas influye en el momento de tener a los hijos (pero no sobre la cantidad de hijos). Sea como fuere, en ningún caso son la panacea. Y es que, si bien es cierto que nuestro país apenas está alumbrando 1,3 hijos por mujer (muy lejos de la tasa de reemplazo de 2,1), aquellos de nuestros vecinos europeos que cuentan con permisos parentales más generosos tampoco están cosechando resultados extraordinarios. Por ejemplo, en Austria, donde los padres disfrutan de un permiso parental de un año (es decir, más de diez veces superior a la que disfrutaban los padres españoles hasta el momento), la tasa de fecundidad es de 1,52 hijos por mujer. En Noruega, donde las madres disfrutan de 315 días y los padres de las mismas 16 semanas que ahora se pretenden implantar en España, la tasa de fecundidad es de 1,62 hijos por mujer, pero ha decrecido ininterrumpidamente durante la última década (en 2008, era de 1,96 hijos por mujer). Por el contrario, nuestra vecina Francia es el país europeo con mayor tasa de fecundidad (1,9 hijos por mujer) y el permiso de paternidad de los hombres apenas alcanza los 14 días.

Pero, además, si la medida se adoptara realmente para fomentar la natalidad no se plantearía como permisos obligatorios e intransferibles. Por un lado, la obligatoriedad puede incentivar a que algunos hombres retrasen o renuncien a tener hijos por las seis semanas de «baja» impuesta. Por otro, la intransferibilidad de los permisos dificulta la planificación familiar (dado que acaso ambos padres juzgaran óptimo que uno de ellos, el padre o la madre, concentrara la totalidad o práctica totalidad de los permisos). Entonces, si la obligatoriedad y la intransferibilidad de los permisos no fomentan la natalidad, ¿por qué se adoptan? No para fomentar la natalidad, sino para equiparar las condiciones laborales de hombres y mujeres: como la mujer necesariamente ha de estar de baja varias semanas tras el parto (y eso penaliza sus condiciones de contratación en el mercado laboral), se busca forzar una baja análoga entre los hombres para que no haya una preferencia a contratarles a ellos. Es decir, no estamos ante una política de corte natalista, sino de corte feminista. Y lo que necesitamos es justo lo opuesto, políticas no ideologizadas que sean efectivas para mejorar la calidad de vida de las parejas y que, sobre esa base, puedan decidir responsablemente cuándo y cuántos hijos desean tener.