El moderado

La Razón

Poco le ha durado a Pablo Iglesias la pátina de hombre mesurado. Si es que la cabra tira al monte. Si es que antes se coge a un mentiroso que a un cojo. En plena eclosión de la crisis venezolana ha atacado, no a Nicolás Maduro ni al régimen, no, a Juan Guaidó. El joven presidente interino, que se ha atrevido a coger el toro del desastre por los cuernos, el que ha puesto en juego su propia vida, es el culpable. De «golpe de Estado» le acusa Iglesias, que le achaca querer «provocar un baño de sangre» para propiciar una intervención de Estados Unidos. La serpiente que lleva dentro el de Podemos ha salido de la estatua de escayola construida para la campaña. Miente cuando dice que Guaidó se opone a unas elecciones, miente porque el dirigente lo ha repetido muchas veces: que sólo es presidente interino, que convocará comicios en cuanto pueda ejercer el poder desde las instituciones.

En Venezuela no pude haber «golpe de Estado» porque, si los militares obedecen a Guaidó, obedecerán al presidente reconocido por las potencias democráticas del mundo, por la Unión Europea, por la Organización de Estados Americanos y por EE UU. Y, sobre todo, por la mayor parte de la población, toda la que no cobra del Estado.

Es inútil. El de Podemos ni es ángel de la guarda, ni monjita benedictina, aunque lo parezca en los debates. Ni siquiera es Tierno Galván. En las entretelas de Iglesias hay un bolivariano. No se puede abdicar de un día para otro de una ideología que divide la sociedad en buenos y malos en virtud de sus ingresos. Él cree verdaderamente que existe una casta contra la que luchar –violentamente incluso–, que el pueblo no es el conjunto de la ciudadanía, sino el proletariado agrupado en torno a un partido. Que ese partido –el suyo–, una vez ocupado el Gobierno, debe articular de forma asamblearia la sociedad y determinar el mensaje de las escuelas, el contenido de los medios, la estructura de los medios de producción. Quiere una tiranía.

Lo malo es que este discurso rancio, disimulado convenientemente durante la campaña, sirva ahora para dar aliento al régimen tiránico de Caracas. Que un español vuelva la espalda a un pueblo que pasa hambre, al que hay que mandar medicamentos, del que la gente huye a millones. Qué dolor que contravenga nuestra propia diplomacia, que ha reconocido a Juan Guaidó. Y lástima que Pedro Sánchez le haya copiado parte del lenguaje, cuando sus ministras comentaron ayer que no son partidarias de «golpes militares». ¿Qué golpe ni que golpe si el mundo está esperando sólo que el ejército de Venezuela abandone el pesebre del régimen y se apunte a la libertad de este pobre pueblo?