Cisma nacionalista en Perpiñán

El expresidente Carles Puigdemont protagoniza un acto politico en Perpiñán
David BorratEFE

Está la ficción histórica y luego la ficción política. En el momento que vive Cataluña, atrapada por un independentismo retrógrado, ambas están entrelazadas hasta construir un sólida raíz de mitos y mentiras. Lo que se vivió ayer en la ciudad francesa de Perpiñán se ciñe plenamente a este esquema. Por un lado, Carles Puigdemont, el ex presidente fugado de la Justicia, congregó a sus seguidores para hacer un llamamiento a la «lucha definitiva» para alcanzar sus objetivos, que vislumbra a la vuelta de la esquina. Razón no le falta: ver sentado al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con conmilitones que impulsaron un golpe contra la legalidad democrática para afrontar el diálogo sobre el «conflicto político» abona la idea de que nunca la dirección política del Estado ha sido tan débil. En la misma semana en que el Ejecutivo escenificaba la vía de diálogo con los que eliminaron de un plumazo la Constitución (6 y 7 de septiembre de 2017) y proclamaron la independencia (27 de octubre), el que encabezaba la delegación catalana, Joaquim Torra, daba la bienvenida a Puigdemont en Perpiñán, que llamaba a «plantar cara al Estado».

Se entiende que a los mismos representado del Estado de La Moncloa. Es difícil entender desde una racionalidad política liberal, democrática y moderna –no sometida a los designios de la tribu– que el movimiento más reaccionario que campa en estos momentos por Europa sea recibido por las autoridades francesas de la región de Occitania, pero aún lo es más que el Gobierno de España acepte como intermediarios a los representantes de una sola parte de los catalanes, incluso estando uno de ellos procesado por su participación en la preparación del referéndum ilegal del 1 de octubre. La Moncloa dirá que el aquelarre celebrado ayer en lo que los nacionalistas catalanes siguen considerando la capital de un viejo condado medieval, el de Rosellón, es sólo la parte del independentismo representado por Puigdemont, dispuesto a romper las conversaciones con el Gobierno, y que Oriol Junqueras es un defensor del diálogo. En el mundo independentista, un magma fervoroso y acrítico, es difícil diferenciar las facciones. Lo único claro es que el objetivo es el mismo y sólo hay diferencias en los tiempos. Y algo más que en estos momentos es determinante: Junqueras y Puigdemont pelean por el poder de la Generalitat y han diseñado estrategias diferentes. Lo novedoso, lo que realmente ha alterado el equilibrio de fuerzas en Cataluña, lo que ha provocado que la mitad de los catalanes vuelvan a estar huérfanos sin el apoyo del Gobierno de su país, es que Sánchez necesite el voto independentista para apuntarse en La Moncloa. Lo que se vio ayer en Perpiñán no tiene sólo una lectura para consumo interno del nacionalismo, sino que supone el deterioro institucional del actual Gobierno. El Torra que recibió a Puigdemont en Perpiñán diciéndole «bienvenido a Cataluña» –porque considera el Rosellón la «Catalunya Nord»– es el mismo que busca una solución con Sánchez para solucionar el «conflicto» cuando lo que espera es que ERC apoye los Presupuestos.

Mal camino el de seguir aceptando la mitología nacionalista porque sólo sirve para buscar diferencias entre españoles, asentar privilegios en los territorios y llevar a la política a la pura sentimentalidad iliberal, dominio preferente de los caudillos de toda condición. Como siempre, hay una parte de los catalanes que no está en Perpiñán y no comparte esa ideología arcaica que ha conducido a los peores momentos de la historia de Europa. Ya quisieran los oprimidos pueblos que la centralizada Francia hubiera concedido una autonomía tan amplia –casi un estado propio– a bretones, occitanos como la que tiene Cataluña. Pero la realidad es más dura: si Cataluña hubiera formado parte de Francia –el Rosellón medieval– ahora en Barcelona se hablaría el mismo catalán que en Perpiñán. Es decir, nada.