Coronavirus

Los búnkeres del desamor

La Razón

Después de 40 días de confinamiento, he explorado mi casa en su totalidad. Era un lugar al que venía a dormir. Ahora conozco hasta qué maderas del parqué crujen bajo mis pasos. Me sé de memoria la cita del sol en cada ventana, y el escalón de la ducha –en el que nunca antes había reparado– se ha convertido en una fuente inagotable de ejercicio. La pandemia nos descubre verdaderamente lo cómodos (o no tanto) que nos sentimos en nuestros hogares. Al estudio de interiorismo se une un análisis psicológico. Algunos confinados han conocido a sus parejas a fondo y su hogar es ahora sinónimo de jaula. El sonido cuando mastican se ha vuelto ensordecedor. El déficit de vitamina D ha hecho que sus rostros carezcan de lustre y ya no se refleje un futuro común. Verlos regañar a sus empleados virtualmente o tirados en el sofá sin trabajo se ha convertido en fuente inagotable de discusión.

El 27 de marzo, «The New York Times» acuñó por primera vez la palabra «covidivorce», los «coronadivorcios», para informar del pico de rupturas alcanzado en China tras el levantamiento de las restricciones. En España, Alberto Cebrián, abogado especializado en familia, nos cuenta que en su despacho las llamadas para divorcios han comenzado a aumentar. «Hay muchos matrimonios mal avenidos que están esperando a que pase el confinamiento para divorciarse y así evitar discutir sobre la ruptura» mientras están encerrados. Cebrián reconoce que ya han escuchado varias veces un: «No puedo hablar mucho, estoy con el enemigo en casa».

«Se está poniendo a prueba la resistencia de los matrimonios. Algunos se refuerzan; pero aquellos que tenían problemas, los magnifican. Una de las conclusiones es que no quieren seguir compartiendo sus vidas con su cónyuge». Sin embargo, no todo el mundo puede permitirse una segunda residencia en plena crisis del coronavirus. «Al igual que en verano se produce una presentación masiva de peticiones de divorcio por la convivencia estival», subirán aún más por el confinamiento, explica Cebrián. Augura que después de dos meses sin tramitación de divorcios, «se están acumulando; y los Juzgados se pueden, literalmente, colapsar». Así, tras el colapso sanitario, veremos otro judicial. Según calcula el abogado, los divorcios aumentarán considerablemente. Tres de cada cuatro parejas romperá. «Es una barbaridad».

Kasoku, una empresa de alquiler vacacional en Japón, tras constatar la oleada de rupturas en China y Rusia, ha puesto sus apartamentos a disposición de los japoneses como medida para evitar un divorcio. Sin turistas por el Covid-19, la compañía se reinventa como cobijo para los cónyuges afligidos. Por el equivalente a 37 euros al día, Kasoku ofrece desde abril «refugios temporales» completamente amueblados. El precio incluye media hora de asesoramiento legal.

Entre los que ya han acudido a los otrora pisos turísticos, la mayoría ubicados en Tokio, hay una japonesa que huyó de casa después de una bronca tremenda. U otra mujer que necesita tiempo para ella, harta de cuidar de sus hijos mientras su esposo trabaja desde casa. Japón, pionero en hoteles y oficinas cápsula, puede que tenga la solución al aumento en la tasa de divorcios: no observar a tu pareja los 1.440 minutos del día.