Que me quiten lo «bañao»

The spread of the coronavirus disease (COVID-19) in Barcelona
NACHO DOCEReuters

Los españoles han iniciado las vacaciones con la urgencia que preside todo lo que amenaza interrumpirse abruptamente, como esos niños que corren por el patio del colegio porque consideran que así alargan los minutos y extraen mejor provecho de la recortada libertad del recreo. El miedo a un nuevo confinamiento ha convertido el periodo estival en una suma de premuras vitales y más de uno ha llegado a la paradoja de que este año la mejor manera de descansar es madrugar. El asueto ha derivado en una compleja arquitectura de actividades y el sosiego ahora es una contrarreloj para sacar el mayor rendimiento de cada instante, como esas abuelas que con la raspa de una sardina son capaces de hacer una sopa de marisco, un besugo al horno y un pastel de cabracho. Esto del virus ha conseguido que contemplemos el tiempo libre no como una extensión del ocio, sino con la misma inteligencia especulativa que gasta un inversor bursátil. Es como si de repente todos hubieran descubierto lo que realmente vale una hora de reloj.

Los rebrotes alimentan una serie de murmuraciones que ha extendido entre la población la impresión de que cualquier tarde de estas Fernando Simón nos va a cerrar la calle, el barrio, las carreteras, la provincia, la comunidad autónoma, la región, y nos va a obligar a comer la paella con pajita para que nadie se quite la mascarilla en los restaurantes. Esto de veranear con una guillotina de temores y prisas sobre la conciencia va camino de conseguir que los niños de tres años aprendan a nadar a crol antes que a hinchar los manguitos de la piscina y así disfrutar de unos cuantos largos antes de la siguiente rueda de prensa en La Moncloa. Tenemos aquí un invierno travestido de verano, con su estrés, su cola de deberes y sus traslados rápidos que va camino de adelantar la siesta a la hora del postre para llegar antes al cine. Existe un apresuramiento por vivir con mayor intensidad y celeridad. Si seguimos así, «carpe diem», más que una expresión latina, va rumbo de bautizar a una nueva clase de taquicardia.

Ahora, para lanzarse al vuelo errante de la holganza, el personal consulta el parte meteorológico y también el del coronavirus, para ver cómo va la cosa, por dónde se extiende su borrasca de contagios y cuánto les queda para volver a hacer de la compra en el supermercado su nuevo paseo diario. Más de uno ha sido previsor y ha mudado sus vacaciones agosteñas al mes de julio para que nadie le robe la gandulería estival por un rapto de prevención sanitaria. El reposo se ha convertido en una prueba gimnástica, igual que los cien metros lisos, pero sin moverse de la toalla de la playa. Hay que agotarse de sabatizar cada jornada con el objetivo de alcanzar el próximo enclaustramiento con una sensación de cansancio y, sobre todo, vivir con la seguridad y el sosiego de haber cumplido la misión. Es la primera vez en la historia que la inactividad va a acelerar el ritmo cardíaco.