No lo permitamos

De nuevo las colas. Ahora frente a los centros de salud. Y nadie puede decir que no avisaron los sanitarios. Semanas, meses, con verano por medio, llevan advirtiendo a quien quiera oír que el batir de la segunda oleada alcanzaría de lleno a los centros de salud, que la vanguardia iba a estar allí más que en las UCI. En esas estamos ya.

Daría la sensación de que volvemos a encontrarnos ante la misma impericia o, para qué disfrazar con las palabras, incapacidad de los gestores de la cosa pública para tomar las decisiones adecuadas en tiempo y forma. Me temo que la cuestión tiene un alcance más amplio y requiere una mirada bastante menos limitada. En un mundo complejo y global no hay respuestas si se gestiona o se propone con más miedo que determinación.

Vivíamos en una confortable habitación de universo cinco estrellas, acomodados en la solidaridad de mapamundi que limpia conciencias y casi siempre ignora el sufrimiento más cercano, cuando nos ha sacudido un seísmo que ha agrietado la pared, barrido los muebles y sembrado de incertidumbre no sólo el presente más o menos amarrado, sino el futuro que ya estábamos empezando a calcular. Volvemos a estar perdidos, como cada vez que un acontecimiento global sacude nuestros cimientos. El que nos toca vivir en el tiempo presente probablemente no sea apocalíptico, pero sí suficientemente violento como para volver a conectarnos con la realidad de nuestra condición humana tan frágil como peligrosamente altiva. Un minúsculo ser vivo que se ha expandido a caballo del mayor avance de la Humanidad antes de internet, que ha sido la universalización del transporte global, nos pone ante nuestra propia inconsistencia individual, de sociedad y, sobre todo, de especie. Podemos tratar de salir lo más airosamente posible del contratiempo y seguir actuando como hasta ahora, o podemos tratar de reconducirnos hacia una relación menos enfermiza y más racional con nuestro mundo y nuestros congéneres. Si optamos por buscar el pasado en el futuro, habremos perdido una magnífica ocasión de convertir la crisis en oportunidad. Si aceptamos lo sucedido y nuestra fragilidad, quizá podamos enfrentarnos al próximo envite con algo más de garantías. Sólo un estúpido puede alegrarse de lo que nos ha invadido y sigue entre nosotros, pero sólo un necio puede acomodarse en la estéril espera de que vuelva el tiempo que ya ha empezado a pasar. La ciencia, la tecnología y la política deben liderar ese cambio. En realidad, las dos primeras lo están haciendo ya. Pero me malicio que en el caso de la política seguimos huérfanos de liderazgo –no del que se impone, sino del que escucha, trabaja y convence–, y estancados en estériles debates y ejercicios de superficial funambulismo, como si en ese apartado de nuestro mundo presente, el reloj se hubiera detenido y estuvieran a la espera de poder ponerlo en marcha en cuanto esto de la Covid haya pasado.

No lo permitamos. Que ante la exigencia de respuestas en este mundo complejo y global no sean precisamente los que más capacidad tienen y menos responsabilidad asumen quienes sigan arañando la superficie abrumados por el miedo, sigan gestionando la cosa pública con más miedo a perder poder, que energía y valor para arriesgarse en nombre del bien común que se comprometieron a administrar.