Entre descoordinación y aversión

La táctica (cuesta encontrar rastros de estrategia en la política española) se estableció en Moncloa cuando Pedro Sánchez volvió de las vacaciones de verano. Ocupó su despacho el 21 de agosto y ese mismo día se puso a trabajar su guardia de corps. Del cónclave emergió una idea que fue filtrada al diario El País, para que el día 22 titulara que «el Gobierno traslada a las autonomías toda la presión política frente a la pandemia». Pero lo más significativo figuraba en la primera línea: «El Gobierno ha tomado una decisión política de fondo». Más allá de que en la brutalizada actividad pública española a cualquier cosa trivial e insípida se la considere «de fondo», lo interesante era el motivo que estaba detrás de tal decisión: ese «fondo» de la cuestión venía a ser que Sánchez se había hartado del desafío de la oposición, que le había hecho sufrir un intenso agobio cada vez que intentaba aprobar una nueva prórroga del estado de alarma. De manera que, a partir de ese momento, como reacción (o vendetta), el Gobierno se lavaría las manos y entregaría la responsabilidad de gestionar la pandemia, y sobre todo el desgaste que eso supusiera, a los gobiernos autonómicos. Un detalle significativo es que las fuentes que aportaron los datos al periódico solo citaran por su nombre a la presidenta de la Comunidad de Madrid, a pesar de que en España disponemos de hasta 17 presidentes autonómicos que pudieran verse afectados por la decisión de Sánchez. Pero únicamente aparecía Isabel Díaz Ayuso. La obsesión de Moncloa por la Puerta del Sol no es nueva.Desde aquella jornada de agosto han pasado 52 días, y la «decisión política de fondo» se ha transmutado en un golpe sobre la mesa para que Pedro Sánchez intervenga de facto las competencias sanitarias de esa única presidenta que tenía el honor de ser citada en la información. Y todo ello ha provocado un asombroso espectáculo de descoordinación, aversión y ojeriza mutuas, luchas cainitas dentro del gobierno de coalición madrileño, agresiones verbales desde el Gobierno central, un desesperante desconcierto entre la población, y la sensación de impotencia en empresarios y trabajadores cuya subsistencia depende de que las medidas que se apliquen sean más restrictivas o menos.Cuando se viaja en avión, los pasajeros ponen sus vidas en las diestras manos del piloto, en la confianza de que sabe lo que hace. Pero hay dos alternativas temibles: que no haya nadie a los mandos o que, por el contrario, haya varios supuestos pilotos peleándose por tomar el control, mientras el aparato entra en barrena. En estos ocho meses de pandemia, los españoles hemos tenido la sensación de pasar por esas dos preocupantes situaciones. A veces parecía que no había nadie al mando, y en otras ocasiones daba la impresión de que había demasiada gente que quería mandar y, al final, no se sabía quién mandaba. El resultado ha sido el mismo: una gestión extraviada, inflamada de resentimiento político y dirigida a obtener victorias inicuas frente al adversario. Mientras, el virus sigue ahí fuera.