Y el cisne se marchó

Mucho hablar de Soros y tal, pero nadie habla de esta conspiración para que nos encariñemos con las mascotas.

Algunos respetamos a los animales, pero pensamos que cada uno en su espacioDreamstimeLa Razón

No hay nada como una frase tópica para matar mi curiosidad lectora. Si en un texto periodístico aparece: «la sartén por el mango», «dio con la tecla» o alguna sentencia así, cierro y me pongo a mirar Twitter o a cotillear los estados de los más o menos conocidos de mi agenda de contactos de whatsapp. Me parece que esos clichés son atajos para no pensar o frases que ya no significan nada. Entre todas, hay una con la que, especialmente, no puedo: cuando te cruzas con alguien que va con su perro y éste se te acerca babeando y enseñando los colmillos. Su dueño, que ha palpado tu miedo, te asegura entonces: «No hace nada». Pero tú, que llevas un rato mirando los ojos de ese animal ansioso, sabes que son las palabras que siempre se dicen, que no las ha pensado y que mejor, que no suelte al chucho.

Una vez, cuando yo era niño, nos quisieron regalar un perro y mi madre fue tajante: el animal o yo. Mi hijo dijo, hace un par de semanas, que quería una mascota de compañía y a punto estuve de repetir la frase de mi madre, pero sospeché que si le daba a elegir entre un lindo cachorrito que le chupe la pierna y su padre, que le obliga a tomar pescado dos veces a la semana, la respuesta iba ser tan sincera que mi estabilidad emocional no iba a aguantarla (porque los niños no tienen mal fondo, los perros no muerden y el coronavirus, amiguitos, no es más que una gripe).

Hace un año, en un reportaje de Telemadrid, contaron la historia del cisne del estanque del monasterio de San Lorenzo de El Escorial que había forjado una amistad con su cuidador. Le daba de comer, bajaba a su altura todos los días y el cisne, que estaba sólo y aburrido en el estanque, se fue acercando a él, cada vez con más confianza, hasta de un día le comenzó a rodear con su cuello como si quisiera abrazarle.

Los gestos de los animales que interpretamos como cariñosos nos emocionan y nos hacen repetir otro cliché imprescindible: son mejores que los humanos. Y así vemos gatos monísimos en las redes sociales y perros que salvan vidas o que se acurrucan junto a un bebé.

Mucho hablar de Soros y tal, pero nadie habla de esta conspiración para que nos encariñemos con las mascotas. Nadie cuenta cómo el perro del vecino no deja de ladrar desde que su dueño se va a trabajar hasta vuelve sin dejar descansar a nadie; o el hámster que se escapó de la jaula y apareció degustando en la nevera o el gato que sólo viene a comer y pasa de cualquier otra muestra de cariño.

Porque existe una minoría silenciosa que formamos los que respetamos a los animales, pero pensamos que cada uno debe ocupar su espacio. Los animales de Disney, tienen su encanto, el resto... Hace unos días el cisne de San Lorenzo de El Escorial ya no estaba. El cuidador fue a buscarle, pero se había marchado, sin mirar atrás, porque, el cisne (que todos son iguales) no quería ataduras.