La puñetera verdad

Pedro Sánchez no gasta un solo minuto de su tiempo en otra cosa que no sea hablar del esplendoroso futuro que aguarda a España gracias a las vacunas

Pedro Sánchez no gasta un solo minuto de su tiempo en otra cosa que no sea hablar del esplendoroso futuro que aguarda a España gracias a las vacunas.
Pedro Sánchez no gasta un solo minuto de su tiempo en otra cosa que no sea hablar del esplendoroso futuro que aguarda a España gracias a las vacunas.PlatónLa Razón

Los periodistas participaban en la rueda de prensa del Consejo de Ministros a través de videoconferencia. La ministra Portavoz y la de Sanidad compartían mesa. María Jesús Montero explicaba los acuerdos del Gobierno y Carolina Darias, la situación sanitaria. Los informadores estaban interesados en pedir la opinión del sector socialista del Ejecutivo sobre lo que el vicepresidente Pablo Iglesias considera la «puñetera verdad»: que en España no hay plena normalidad democrática. También, sobre las disputas parlamentarias de los partidos de la coalición por llegar antes que el otro a presentar iniciativas trompeteras en el Parlamento.

Las verdades puñeteras de Podemos y las muy aireadas batallas internas entre los socios trataron de ser resueltas por la ministra Montero con un conmovedor «somos un único Gobierno». Excusatio non petita.

A principios de los años 70, The Washington Post publicaba cada día novedades sobre su investigación del caso Watergate. En cierta ocasión, el periodista Bob Woodward leyó a su director la respuesta que le había dado un alto funcionario del gobierno americano: «estoy convencido de que ni Colson (asesor de Nixon) ni nadie de la Casa Blanca tuvo participación en ese deplorable incidente (robo) en las oficinas del Partido Demócrata (en el edificio Watergate)». Ante una respuesta tan previsible y de manual, el director preguntó a Woodward: «¿qué esperabas que dijera?». «Pues eso», respondió Woodward. «¿Entonces?», insistió el director dada la aparente inutilidad informativa de esa charla. Pero pronto, Woodward hizo ver a su jefe cuál era la noticia en esa frase tan inane: «es que yo no pregunté por Watergate».

La creciente hostilidad entre los dos sectores del Gobierno ha alcanzado esta semana de campaña en Cataluña una intensidad que ha provocado momentos extravagantes, como cuando María Jesús Montero consideró necesario que todos los españoles supiéramos que el vicepresidente segundo de su propio gabinete no pidió la palabra en las horas que había durado la reunión del Consejo de Ministros. ¿Insinuaba Montero que Pablo Iglesias habla mucho fuera de Moncloa, pero luego se acobarda? ¿Sugería que Iglesias no habla en Moncloa porque no tiene nada que aportar? Seguro que no era eso lo que estaba en su ánimo. Pero la falta de control en la gestión de las tensiones internas ha derivado en una algarabía permanente, en la que cuesta percatarse de qué es lo que hace el Gobierno, salvo estar en el poder.

La ventaja para los estrategas de Moncloa es que carecen de una oposición efectiva. El PP no puede gastar su tiempo en otra cosa que no sea el inútil intento de tapar con dos manos sus múltiples vías de agua. Vox vive en el extrarradio de la realidad. Y Ciudadanos intenta sobrevivir –a secas– donde puede o donde le dejan.

Con este panorama tan disperso en el troceado bando rival, el presidente del Gobierno puede asumir el coste de imagen que provocan las riñas, sin que eso suponga un riesgo para su estabilidad parlamentaria. Y Pedro Sánchez no gasta un solo minuto de su tiempo en otra cosa que no sea hablar del esplendoroso futuro que aguarda a España gracias a las vacunas, evitando referencias a la realidad sanitaria y económica en la que estamos instalados ahora.

La presencia pública del presidente del Gobierno se limita a asegurar en cada una de sus comparecencias que «2021 va a ser el año de la vacunación y, por tanto, de la recuperación». No hay día en el que esa frase no aparezca en el discurso que preparan a Sánchez para cada acto público. Por supuesto, sin preguntas. Su última rueda de prensa fue la que cerró 2020 en Moncloa, después del consejo de ministros previo al parón navideño. Desde entonces –salvo una mínima sesión de control parlamentario– Sánchez ha dado discursos o mítines, pero no respuestas. Y, por supuesto, ha evitado mancharse los zapatos en el barro provocado por las afirmaciones de su vicepresidente segundo.

Vacunación, recuperación económica y «efecto Illa». Y, en adelante, poder asegurado. Porque, como ha dicho Pablo Iglesias en el Huffington Post, «el Gobierno de coalición está blindado porque es lo único que puede ofrecer estabilidad a España. Cualquier otra alternativa nos llevaría a una situación de inestabilidad que no se puede permitir el país. (…) Claro que está garantizado el Gobierno de coalición, por mucho que les pese a algunos».

Gobierno blindado, entre el vicepresidente y los ministros que consideran –con Putin– que España no dispone de una democracia plena, y las vicepresidentas –tres– y ministros que, por el contrario, ocupan buena parte de su tiempo en contradecir a los otros ministros y al vicepresidente segundo.

Dice Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura, que «si algunos de los que hacen declaraciones tan alejadas de la realidad hablaran con familiares de fallecidos por covid, hablarían de otra forma y de otras cosas».