Canibalismo y democracia

Nuestros xenófobos están convencidos de que sólo hay una forma de ser catalán: nacionalista, claro.

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Los campeones de indultar a conjurados y malversadores insisten en airear averiada mercancía. Entienden que Cataluña, organismo macizo, vive presa de un rollo existencial inmune a las herramientas políticas y jurídicas convencionales. Rige por tanto la necesidad de subir la apuesta, indultos mediante. No sólo asumen como inevitables los postulados teologales reaccionarios. De paso ignoran a los catalanes que vivieron los sucesos de 2017, la destrucción del Estatuto, el cierre del Parlamento, la insurrección contra el ordenamiento jurídico, el intento de secesión y el uso de los niños como rehenes en busca de un World Press Photo sangriento, como una agresión directa contra sus derechos. Cuando hablan de encauzar el malestar ignoran que la ley en democracia no está para curar neurastenias; mucho menos si, como en el caso de ideologías tan infectas como las que animan el Ku Klux Klan, el NPD (Partido Nacionaldemócrata Alemán) o ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), nos encontramos frente a partidarios de la segregación. Nuestros xenófobos están convencidos de que sólo hay una forma de ser catalán: nacionalista, claro. También creen que tienen perfecto derecho a disgregarse de la comunidad política compartida. De fondo palpita la víscera del apartheid, que significa «separación» en afrikáans y el «Separate but equal» («Separados pero iguales») que daba sentido a la segregación racial en Estados Unidos. Miren, yo no tengo mayor problema con que determinadas personas cultiven ideas abominables. Lo siento. Igual que lamento que haya personas machistas. Pero en tanto respeten el engranaje democrático allá cada cual con sus dogmas estamentales y su nostalgia de una sociedad subordinada a los parámetros del Antiguo Régimen. Lo que ya no tolero, por deshonesto y cínico, es que los abogados del canibalismo, defensores de los clanes y encomiásticos protectores de una teórica alma prepolítica, quieran convencernos de la necesidad de perdonar a los delincuentes que aseguran el mantenimiento en el poder del mismo presidente que firmará el indulto. Vale que celebren las leyes de punto final. Allá cada cual con sus tragaderas. Los aprendices de brujo harían bien en no subestimar el cabreo de una sociedad estafada. Si no por honor sí, al menos, por un postrer reflejo de conservación política.