El Rey en Barcelona

Lo que importa es la presencia, y la elegancia suprema del gesto con la que el Rey hace comprender a todos que representa al conjunto de los españoles, sin distinciones de ninguna clase

Quique GarciaEFE

La polémica absurda sobre el Rey y los indultos no ha afectado a la imagen del monarca ni a sus actividades. Esta semana ha asistido a la inauguración del Mobile Congress en Barcelona, donde pronunció un discurso importante sobre el papel de la ciudad en el tejido industrial y en la innovación tecnológica de nuestro país. Y también esta semana, estará en Gerona, con la Princesa de Asturias, encargada de entregar los Premios de la Fundación que lleva su nombre: los del año pasado, cuando se suspendió la ceremonia por el covid, y los de este. Otro tanto ocurrió con el congreso de Barcelona. El gesto de reanudar la normalidad es, en este caso, algo más que un símbolo.

Como es natural, cada uno interpretará lo de la “normalidad” como le parezca o como le interese. La interpretación de los actos que forman parte de la agenda de la Casa Real es libre, como cualquier otra realidad de la vida política. Lo que queda garantizado, en cualquier caso, es que la institución, es decir las (reales) personas que representan la permanencia de la nación española no van a dejar de acudir a cualquier punto del territorio nacional donde sea requerida su presencia. Ya sea para llevar algo de consuelo a sus compatriotas, como ha ocurrido tantas veces en este último año y medio, o bien por actos de celebración, como los de Barcelona. El Rey, que nos representa a todos, hace saber así a los protagonistas que los demás españoles nos alegramos con ellos y participamos del aplauso que merecen.

En realidad, para la Casa Real, la normalidad no se ha quebrado nunca. Incluso en algunos de los momentos más difíciles del covid consiguieron mantener el contacto con una sociedad golpeada y desconcertada. Discretamente, los Reyes estuvieron siempre donde tienen que estar. Ahora continúan la línea, y sólo con eso demuestran que a pesar de todo lo que está ocurriendo, existe una España real e institucional que permite la convivencia, la tolerancia y la libertad.

No hace falta hacer gestos más explícitos, ni publicitar nada que se salga del papel que la Constitución asigna al monarca. Lo fundamental es que toda la sociedad española, y muy particularmente aquellos que sufren por cualquier motivo, también por la discriminación y las políticas excluyentes, sepan que la Corona no está dispuesta a abandonar su papel y, como es natural, a no salirse de él: es eso, precisamente, lo que le confiere al monarca su inmenso valor institucional, político y también humano. Así queda demostrado que el orden constitucional se respetará hasta sus últimas consecuencias en este punto capital en el que confluyen la existencia misma de la nación y las garantías de la democracia liberal. Alrededor de la presencia del monarca siempre va a haber movimiento: protestas, desplantes, intentos de manipulación… Es inevitable y, en el fondo, da lo mismo. Lo que importa es la presencia, y la elegancia suprema del gesto con la que el Rey hace comprender a todos que representa al conjunto de los españoles, sin distinciones de ninguna clase.