Sin palabra y con muchas voces

Jorge Fernández Díaz

Tras el «Pacto del abrazo» entre Sánchez e Iglesias que alumbró el actual Gobierno hace hoy dos años y horas antes de que prometieran sus cargos los elegidos, el presidente afirmó: «El Gobierno hablará con varias voces, pero siempre con una misma palabra».

Comenzaba a ponerse en evidencia el descriptible valor de la suya, porque el lamentable episodio protagonizado por el todavía ministro de Consumo y líder de Izquierda Unida, ratifica que en realidad en el Consejo de Ministros lo que hay son dos Gobiernos yuxtapuestos, y que Sánchez sólo manda en uno de ellos.

Sánchez puede cesar legalmente a Alberto Garzón, pero resulta evidente que políticamente no está a su alcance, pues posee tan sólo 120 escaños en su grupo parlamentario. Por si no hubiese bastado con esa absoluta minoría para disuadirle de querer formar Gobierno, también dijo que daría su palabra «tantas veces como fuera necesario» de que no pactaría con Bildu ni con Iglesias porque el 95% de los españoles «no dormiría tranquilo». Pasado el ecuador de la legislatura puede opinarse lo que se quiera acerca de su gestión, que básicamente se ciñe a la pandemia –y a la eutanasia y los indultos–, ya que si el 12 de enero de 2020 se formalizó su megagobierno de 22 carteras, apenas dos meses más tarde se desencadenó la expansión del coronavirus, justo después del 8-M con la mitad de los ministros tras sus pancartas.

Hemos tenido dos estados de alarma inconstitucionales y una cogobernanza plasmada en una gestión gubernamental limitada a la obligación de llevar mascarilla en el espacio público. La «transparencia» prometida en la moción de censura se ha convertido en «Alós presidenciales» en plasma y limitando las preguntas a cuatro medios considerados afines. Podríamos continuar en esta senda y no acabar, pero el episodio de Garzón supera lo conocido, al menos hasta ahora. Lo dice todo la lacónica respuesta de Sánchez a las declaraciones de su ministro, que en un periódico extranjero trató de disuadir de importar nuestros productos cárnicos porque «contaminan y además los animales han sufrido maltrato», dejando claro que habló como ministro y no a título particular, como era evidente. Con su «lamento esta polémica, creo que con esto lo estoy diciendo todo», entendemos perfectamente lo que dice: que tiene las manos atadas por sus socios de Gobierno y aliados parlamentarios como peaje pagado para satisfacer su deseo de ser presidente del Gobierno al precio que fuera. Al parecer no pensando en el bien común de los españoles, sino en el suyo. Y así nos va: con muchas voces y sin palabra.