Perdonar a ETA

Chapu Apaolaza

Notas del once de febrero, al cierre de campaña en Castilla y León. Esta vez, las encuestas encubiertas camuflan las siglas de los partidos con platos de comidas regionales y ya no sabe uno si Mañueco es el lechal, la morcilla o el chuletón y cuántos escaños tendrán la cecina, el torrezno y la chanfaina castellana o ciudadana, un plato a base de sangre de cordero.

El absoluto español es, por lo general, inexpresable, pero va desde las ruedas de prensa de vacas con margarita, fardo de paja y rastrillo, al discurso del número tres del PSOE por Burgos donde apuesta por perdonar a los verdugos de ETA. Perdonar a los verdugos de ETA al estilo Delacroix y negociar lo de los presos a la vez que el Gobierno de Navarra. En realidad, no sé quién tiene que perdonar, o es que los gobiernos tienen la capacidad de perdonar a un terrorista, ¿acaso le mandan una carta? Y si se acerca a los presos al País Vasco y se les conceden grados favorables es porque se les perdona ¿quién les perdona? ¿Sánchez? ¿el número tres del PSOE por Burgos? ¿o es que le estoy perdonando yo también? Un país no puede perdonar así tomado en su conjunto, pues la disculpa es íntima y personal. Una nación no puede darse por satisfecha porque habrá gente en ella que legítimamente conceda la indulgencia y otra que no, y entonces, esta última queda automáticamente retratada como rencorosa e incapaz de superar el pasado. Tiene su cosa lo de la reconciliación después del terrorismo vasco, pues da perfecta medida del páramo moral por el que caminamos. Para reconciliarse hacen falta dos bandos, y aquí solo había uno. El terrorismo en España terminará por aparecerse como un exceso, una bronca de chiquillos, nada: un error.

Será por errores. Los letrados del Congreso dicen que Casero votó bien, pero también dijeron que estaban los dos estados de alarma y después fueron declarados inconstitucionales. El diputado Casero se equivocó siete veces seguidas porque a quién no le ha pasado esto de equivocarse siete veces seguidas. Batet tampoco quiso enmendar el error y ese día se le puso cara de Carme Forcadell.

Pero ahí está la reforma laboral aprobada y el tiempo no para, así que los barones populares arropan a Fernández Mañueco al cierre de campaña, y le dan palmetazos en el hombro, y le muestran su apoyo y su cariño un poco como cuando un chaval se rompe una pierna y los compadres de clase le firman la escayola. Mañueco es el niño Jesús de Praga con nubarrón y si uno lo mira, dan dan ganas de echarle por encima un impermeable. Se está acordando del día en que convocó las elecciones. Consultó los libros sibilinos, reunió a los augures y vieron seis palomas torcaces gordas como luchadores de sumo que volaban sobre los pinos desde Portillo en dirección a la Pedraja donde vive mi amigo el señor Aurelio Martín. Así que decidió ir a la guerra como un general invencible; ahora teme que la gente se quede en casa porque va a hacer malo.