Si hubiera cumplido su palabra con Ayuso...

Al entonces líder del PP le advirtieron varios de sus barones que de esta guerra sólo saldría uno vivo. Y así ha sido

Carmen Morodo

Hay instantes, el salto entre un «sí» y un «no», que tuercen la historia para siempre, sin arreglo. En este caso, a favor de Isabel Díaz Ayuso, y en contra de Pablo Casado. Antes de que estallara la coalición en Madrid entre el PP y Ciudadanos, la presidenta de la Comunidad, y entonces amiga personal de Pablo, se presentó en su despacho para pedirle ayuda. Eran aquellos momentos difíciles de la gestión de la pandemia, donde la atacaban desde dentro de su Gobierno de coalición, y ya también desde dentro de su partido. Ella acudió a Génova para pedir que rectificaran aquel acuerdo tácito que se selló cuando decidieron poner en marcha la loca aventura de nombrarla a ella candidata a la Comunidad de Madrid y a José Luis Martínez Almeida candidato a la Alcaldía. Los tres pactaron que era mejor que la Presidencia del PP de Madrid quedase en manos de una tercera persona, para compensar poderes y evitar «errores» del pasado.

«Isa» le explicó a su amigo Pablo las razones por las que pedía que se revisara esa decisión, y que fundamentó, principalmente, en la necesidad de hacerse fuerte para resistir las embestidas de Cs. «Van a comerme». Y Pablo le dijo que «sí». Y ahí cambió la historia de los dos.

Él se convenció, y le convencieron, de que no cumpliera su palabra, y ella se tomó como una decepción personal que su amigo la hubiera «engañado». Ésta fue la semilla de una guerra, en la que el factor personal fue determinante: para Ayuso, porque se sintió traicionada; para Casado, por ese complejo sobre su liderazgo que «calentaban» los que le animaban a no dejarse hacer sombra por quien «le debía todo». Al entonces líder del PP le advirtieron varios de sus barones que de esta guerra sólo saldría uno vivo. Y así ha sido. La nueva lideresa madrileña ha quedado este fin de semana coronada con plenos poderes para gobernar su territorio, y en su fontanería, donde está el responsable de haberle enseñado a manejar las armas de su potencial político, están seguros de que tiene a su alcance conseguir una mayoría absoluta en el 23. La presidenta no ha perdido la chulería de barrio, que en su caso es de cuna, no impostada, como la de Esperanza Aguirre, y ha hecho del desparpajo una de sus principales virtudes políticas. Y anticipar que su futuro termina en Madrid es anticipar demasiado.