Paloma Pedrero

A Alvite, última

Te propuse encontrarnos en Santiago, llevaría mi nueva obra. Así podríamos conocernos personalmente, ir juntos al teatro. Me dijiste que sí. Estaba en ello, te lo prometo. Cartearnos a través de este Diario ya nos sabía a poco. Queríamos llegar a la mirada. A la voz. Porque este verano uno de tus lectores me envió la ultima carta que me habías escrito hace unos años, Horario de trenes, se titulaba. Se me pasó en su momento, y nadie me dijo nada. ¿Por qué? Será porque en nuestra correspondencia pública nos tocó hablar de la muerte. Y ya sabes que eso no gusta; como si la muerte fuera indigna. En aquella me decías, “Gracias a ti, Paloma, ahora tengo claro que lo mejor para suicidarme será que me haga con un horario de los trenes que por suerte ya pasaron”. No lo sabía. No sabía que aquella primera columna mía en la que te pedía quedarte, después de leer una tuya en la que hablabas de irte, tuvo su efecto. Si ni nos conocíamos... Bueno sí, nos leíamos, y ninguno de los dos tenemos miedo al propio sentir. Releí tu carta e, impresionada, pensé en llamarte. Pero entonces me enteré de que estabas muy enfermo y no respondías el teléfono. Te llamé. El prodigio quiso que lo cogieras tú, y pude decírtelo. Agradecerte el haber revelado que te llegó la cuerdecita que te eché y la agarraste. Agradecerte con el alma que me hicieras volver a creer en el sentido de las palabras. Entonces, te prometí ir a Santiago para llevarte al teatro. Pero tú tren llegó a su última parada antes de que yo tuviera los billetes a tu ciudad. Así es la vida, José Luis. La misma que nos ha regalado mensajes cruzados de amor para siempre. De amor a la vida, y a las palabras.