Abdicaciones selectivas

Como vivimos una situación mórbida (enfermedades imbricadas ) que afecta a nuestra espuma social y hasta a los principales pacientes que miran a Ecuador (¡) como horizonte emigratorio, todos los virus exteriores se nos hacen pandemias y la inmediata abdicación de la Reina Beatriz de Holanda, motiva encuestas infantiloides sobre su efecto dominó en nuestra monarquía. De la misma manera que parece una tradición genética el reinado de mujeres en los Países Bajos (que ahora se rompe), es una costumbre histórica que éstas abdiquen llegada determinada edad. La coincidencia de los 75 años de Doña Beatriz y Don Juan Carlos y los 45 con los Príncipes Guillermo de Orange y Felipe De Borbón y Grecia es erudición monárquica para los medios del corazón. Pasados los siglos continúa vigente la máxima de Íñigo de Loyola aconsejando no hacer mudanza en tiempos de tribulación y la marca España necesita buen calafateado en todas sus cuadernas antes de organizar el fasto de la coronación. Aunque a nuestros Borbones sólo les gusta la legalidad dinástica porque fue interrumpida por el general Prim y la Casa de Saboya, a nuestro Rey le asiste la legitimidad de ejercicio que no se debe cuestionar por arabescos laterales de entrecasa: cambió el caballo de la dictadura de 35 años por el de la democracia y personalmente detuvo una intentona militar más peligrosa de lo que ahora recordamos («No me voy de España; tendréis que fusilarme»). El Rey Juan Carlos tiene salud si no continúa rompiéndose y debería ser él, y no su hijo, quién propiciara no una nueva Transición, sino una nueva monarquía ( como la sucesión regenerativa de las repúblicas francesas ) y otra Constitución no enmendada ni recosida sino de nueva planta, porque la del 78 ni la entienden ni la conocen los treintañeros. Aquélla se hizo desde el miedo a una involución y en el recuerdo ominoso de una guerra civil y una cuarentena de plomo, y la próxima tiene que estar anidada en la justicia, la honradez y el sentido común territorial. No hay tarea más expectante para un Rey que dejarle en su día esa herencia a los españoles y a quien será Felipe VI. Cuenta además con el colchón de paja de dos Repúblicas cuyos resultados espeluznan y que llevaron a Cartagena a declarar la guerra a Lorca y a media España a la otra media. Desde Felipe II en Flandes se nos ha puesto el Sol; Holanda es muy rica, no basa su economía en el cultivo de tulipanes, y lo único que la aqueja es la drogadicción de sus jóvenes y ese frenesí por el suicidio asistido que va más allá de la eutanasia. La Reina Beatriz puede abdicar tranquila, pero una abdicación en España, donde todas las noticias parecen de crónica frívola o negra, no conviene ni a los accidentalistas regimentales. Obviamente, no se sabe que piensa hacer Don Juan Carlos con su vida, más baqueteada de lo que suponemos, pero como no es un ciudadano particular, no ha de rehuir ahora lo que, muy probablemente, será la mejor hora de su reinado.