Historia

Acontecimiento del espíritu común

Agradezco de todo corazón y me ilusiona grandemente ser invitado a participar en este número de LA RAZÓN sobre nuestra querida España. El martes de esta misma semana celebrábamos la fiesta de San Leandro, arzobispo de Sevilla, a quien tanto le debe España. Le debe tanto como su existencia, su unidad y la identidad más profunda que la caracteriza a lo largo de su rica historia. ¿Por qué? Sencillamente porque fue San Leandro quien convocó y presidió el Tercer Concilio de Toledo, donde, podemos decir, nace España, como unidad.

La España que ahí, y de ahí, nace más allá de una geografía o espacio físico, u organización política y territorial. Es un acontecimiento del espíritu. En efecto, El Concilio III Toledano, que vino a sellar solemnemente el paso del pueblo visigótico, (arriano), a la religión católica, ha construido España, forjando unidad a partir de la fuerza del espíritu, entrañada en la profesión de fe o identidad católica, con los rasgos que la definen. Con la unidad visigótica, España, como sociedad y ámbito social y cultural, preexiste con anterioridad a la existencia de sus diversas configuraciones territoriales u organizativas del momento y posteriores que se han dado a lo largo de los tiempos. Nuestra Nación, lo que somos como proyecto de vida en común, hace referencia a un origen, o mejor, a una proveniencia, a una tradición viva que permanece, inseparable de lo que fué y significa aquel Concilio. En este sentido, el cristianismo, la fe católica -se profese o no por las personas, y se quiera o no constituye el "alma"de España.

Como Europa, también España, comienza a nacer, en el fondo, con el encuentro de la fe y razón, entre auténtica ilustración y religión que entraña el cristianismo: "el Logos que se hace carne". Si bien es verdad que Europa o España y cristianismo no coinciden, ni han coincidido nunca del todo, también lo es con toda evidencia que la matriz cristiana ha sido lo que ha dado su impronta peculiar a nuestra identidad. No se puede dudar que la fe cristiana, católica, es parte, de manera determinante, de los fundamentos de lo que somos, de lo que es nuestra identidad, de lo que es España como unidad y como proyecto común de vida. El cristianismo nos ha dado forma a lo largo de siglos, hasta hoy. Pienso que España, de manera semejante a Europa, es volver a las fuentes y llevar a cabo lo que el cristianismo primero ha intentado, y que es asumido por la unificación y unidad visigótica. Aquella unidad ha creado futuro, y sigue con la misma capacidad y vocación de continuar creando futuro. Ciertamente España ha nacido cristiana, y durante casi milenio y medio ha existido como tal: es más aquella unidad y proyecto común que se funda y cimienta en el Tercer Concilio de Toledo, a punto de perderse por la invasión islámica como se pretendía aunque no se logró del todo, precisamente a partir de un pequeño reducto, se va recuperando en un esfuerzo, único en la historia de los pueblos, y logrando vida, unidad, proyección de futuro, consolidación precisamente en el intento de mantenerse en la fidelidad a lo que fué, aportó y significó aquel acontecimiento espiritual de trascendencia histórica del III Concilio Toledano.

Contemplar aquellos orígenes y contemplar España en sus orígenes, nos ayuda a comprenderla en su decurso histórico -todo lo que fué su proyección europea, lo que constituyó la larga etapa de la Reconquista, o la unidad de los Reyes católicos y su proyección al Nuevo Mundo de la América -sin duda, su mayor gesta histórica- impulsada por ellos y sus sucesores, incluso toda la etapa moderna y contemporánea, sus creaciones y aportaciones en el campo del pensamiento, del arte, de la cultura, de la atención a los pobres, del derecho de gentes -anticipo de los derechos humanos-, de la familia y de la educación, o sus grandes figuras, y sus grandes santos, etc. etc.; como también nos ayuda hoy a mirar hacia el futuro. Desde esta mirada surge espontánea la pregunta: ¿Será cristiana la España del mañana?. Lo será en cuanto se mantenga en sus raíces, en cuanto mantenga viva su memoria y su identidad. Pero aún podríamos preguntarnos con mayor radicalidad: ¿Será España si deja de ser cristiana, si renuncia a la memoria de los orígenes que le dieron lugar y existencia, esto es, si renuncia a sus raíces y fundamentos cristianos más propios?. Si deja de ser cristiana, si sucumbe a fuerzas disgregadoras, y olvida o, peor, suprime las raíces cristianas que le dan unidad e identidad -cosa posible como en otros lugares sucedió-, España dejará de ser; será otra cosa u otras cosas; no seremos, con toda certeza, lo que somos, la Nación que nos ha identificado y que nos identifica como unidad en la diversidad del conjunto que constituimos, ni se nos identificará como unidad en el conjunto de los pueblos.

El III Concilio de Toledo, y lo que significa, creó futuro, generó luz y unidad, y tiene la vocación de seguir creando hoy futuro y ofrecer luz para este momento. Su memoria constituye una llamada a no resignarnos a modos de pensar y vivir que no tienen futuro, porque no se basan en la sólida certeza del Logos, que se hizo carne, y que reasume todo el "logos", la razón del pensamiento helénico, simplemente la razón y la verdad, que se realiza en el amor, y sustenta y está en todo como Amor generador de vida. España, se vea o no, es en esta herencia y memoria de la fe cristiana, que ha dejado su impronta en lo que es y en lo que somos, en lo que se ha manifestado de manera identificatoria y principal. Pero esta herencia y esta memoria no pertenecen sólo al pasado; son y siguen siendo, pueden y deben seguir siendo un proyecto para el futuro que se ha de transmitir y en el que hay que ilusionar a las nuevas generaciones, puesto que es el cuño de la vida de las personas, hombres y mujeres, y de las regiones o tierras, que han forjado juntos la realidad de España como acontecimiento del espíritu. Gracias a esa herencia y memoria, gracias a la Tradición recibida como legado, gracias a lo que hemos recibido somos, y somos lo que somos, con una identidad que no podemos odiar ni rechazar si no nos odiamos y rechazamos a nosotros mismos. Nuestro futuro no puede estar en una "cultura de la nada", del vacío, de la libertad sin límites ni contenido, de la irracionalidad o del relativismo, que conlleva tanto individualismo. El redescubrimiento del acontecimiento cristiano en toda su originalidad, con todo lo que comporta y aporta, sigue ofreciéndonos hoy, y seguirá ofreciendo mañana, la esperanza firme y duradera a la que aspira, en estos momentos y si cabe más aún, España.