Aquellos maravillosos años

Me quedo con eso. Con aquellos maravillosos años en los que Don Juan Carlos dedicaba las veinticuatro horas del día a tirar del carro para que España fuese una democracia plena, sin exclusiones, y que fue capaz de jugarse la Corona por ello en aquella larga noche de los transistores cuando el régimen recién estrenado se tambaleó. Me quedo con la cercanía y el conocimiento de la realidad de un país que estaba cambiando de piel a toda velocidad y con su habilidad para interpretar los anhelos de una sociedad que había pasado anestesiada casi cuatro décadas. Ahora, en el momento de la despedida, no se trata de «enterrar bien», como decía con bastante ironía Alfredo Pérez Rubalcaba hace unos días en las jornadas del Círculo de Empresarios en Sitges al hablar de su propia renuncia a seguir al frente del PSOE. Se trata de ser justos con un personaje que ha sido la clave de bóveda de los últimos cuarenta años de nuestra historia. Sin él, sin su empuje, sin su arrojo, la Transición de una larga dictadura a un Estado de Derecho perfectamente homologable con todas las democracias occidentales no hubiera sido posible. Esa es su obra, como la de dirigir los pasos de un Príncipe que se va a convertir en Rey en apenas unas semanas. Don Felipe está sobradamente preparado para recoger el testigo en un momento socialmente complicado, y no se trata de una frase hecha, sino de una realidad que hemos podido comprobar quienes tenemos el honor de conocerle personalmente y haber compartido algunas horas de conversación. Don Felipe llega al trono con una aceptación más que mayoritaria entre la ciudadanía que pone en su reinado muchas esperanzas, entre otras que las instituciones recuperen el prestigio que han perdido en estos años de la gran crisis económica y de valores. Ese prestigio que también había perdido en parte la institución monárquica por errores propios y mucha, muchísima demagogia ajena.