¡Arráncale el bigote!

Alfonso Guerra cumplía como nadie esa función de «mosca cojonera» y animador de las campañas electorales atacando al adversario político no siempre reparando en los límites del juego limpio. El objetivo muchas veces cumplido era movilizar a la parroquia más «cafetera» del PSOE, ésa desde la que en un memorable mitin en Badajoz en la campaña electoral del 93 le espetaba al número dos del partido –porque del Gobierno ya estaba más que dimitido por obra y gloria del caso «Juan Guerra» aquello de «arráncale el bigote... arráncale el bigote», en alusión al candidato popular José María Aznar.

Con Guerra no existía ninguna duda de que, con independencia del discurso de más alto nivel esgrimido por el «poli bueno» Felipe González, siempre llegaba un momento en el que convenía meterle una guindilla picante ahí donde el sol no luce a esa parroquia del ala izquierda de su electorado o si cabe más adepta a los clichés de un cierto peronismo. No sólo lo conseguía sino que además solía darse a costa de Izquierda Unida o antes, el partido comunista. Para la historia queda aquella alusión a Suárez como «tahúr de Missisipi», por no hablar de la «monja alférez» en alusión a Loyola de Palacio o al propio Rajoy, como «mariposón» en una de sus muchas conversaciones con periodistas en los pasillos del congreso de los diputados. Pedro Sánchez se presentaba al debate de este lunes tocado, aunque no hundido, no sólo por la paulatina recuperación de Podemos, sino sobre todo por la falta de entusiasmo en la parroquia socialista –militantes, simpatizantes y dirigentes– hacia su liderazgo y hacia su plúmbea precampaña electoral. Y por eso, desde el minuto uno del cara a cara con Mariano Rajoy el candidato socialista no reparó ni en la más mínima norma del juego limpio a la hora de atacar al presidente del Gobierno allá donde el propio PP ha reconocido que más le duele, en el apartado de la corrupción.

En décadas de democracia hemos escuchado muchas cosas, algunas para olvidar; pero nunca habíamos visto a un aspirante a la presidencia del gobierno, a pilotar el futuro de todos los españoles; llamar «indecente» al jefe del Ejecutivo, máxime sin haber mediado en las semanas o en los meses anteriores ni una sola pregunta o interpelación parlamentaria a propósito de esa supuesta indecencia.

Sánchez saltó al cuadrilátero como esos boxeadores que desde el primer «gong» de la campana pretenden acabar con el adversario, no tanto por la vía rápida como por el incesante castigo al hígado; pero no los de fino estilismo que veíamos en el campo del gas, sino de esos que acaban descalificados por aplicar la batidora de los golpes en las zonas bajas.

El debate Rajoy-Sánchez, Sánchez-Rajoy no evidenció, como algunos pretenden, una manera vieja de hacer política, sino las líneas rojas que nunca deberían traspasarse en la política, por mucho que uno de los contendientes consiguiera el objetivo de acudir con la cabeza algo más alta a los billares del barrio tras la escaramuza en la gallera.