Astutos de pega

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Artur Mas lleva cinco años al frente del Gobierno de la Generalitat. Cinco años que, paradójicamente, pasan por ser los de menor cuota de autogobierno en la historia de la autonomía catalana si tenemos en cuenta que la inoperancia y la incompetencia han sido tales, que prácticamente toda la gestión pública de Cataluña se ha financiado gracias a la aportación del Estado. Dicho de otra manera, la quimera soberanista se ha sostenido abocando a la Generalitat a un permanente y continuo entubamiento desde las arcas gestionadas por el Gobierno central.

En los últimos tres años, Artur Mas ha pretendido luchar por la soberanía y el autogobierno pero gestionando los dineros que le llegaban de la «metrópoli», casi cincuenta mil millones de euros vía (FLA) y otros mecanismos de financiación. Una cuando menos curiosa tarjeta de visita por parte de quien se postula como el «Moisés» de una futura tierra prometida pero que es incapaz de frenar la caída libre en el deterioro de la sanidad, la educación, el empleo y multitud de servicios públicos en la tierra actual.

Cataluña sufre una bancarrota reflejada no sólo en una deuda que no le compra nadie, cosa irrelevante puesto que ya está el Estado de todos los españoles para sufragarla, igual que se sufraga el pago de unos medicamentos al que tan sólo hace unos días se anunciaba que no se podía hacer frente. Eso es todo, ésa es la realidad, la realidad de un Alfonso Alonso, ministro de Sanidad, obligado a afirmar, como era su obligación, que no se iba dejar abandonados a su suerte a los catalanes que necesitasen esas medicinas.

Desviar fondos más susceptibles de ir a parar a partidas más necesarias hacia el engranaje de la maquinaria de propaganda independentista no es luchar por el derecho de un pueblo a gestionar y decidir su propio destino, es sencillamente engañar a los ciudadanos que viven en Cataluña en beneficio de una huida hacia adelante cuya meta final saben sus propios impulsores, que sólo puede ser la frustración cuando no algo peor.

Mas ha querido mostrarse como un político astuto y especialista en las triquiñuelas que bordean la legalidad o sencillamente la burlan, pero en estos cinco años esa supuesta astucia, una de las cualidades que se le presumen a un político de primera división, ha brillado por su ausencia a tenor de unas decisiones encaminadas en su mayor parte al cortoplacismo y a la supervivencia política que dejan una sociedad civil hecha zorros y a su propio partido a las puertas de la mayor crisis de su historia.

El presidente en funciones de la Generalitat, el «astuto» Artur Mas, ha malgastado el dinero de los catalanes para justificar cuando no encubrir su propia ineptitud política y en esa línea ha planteado una indecente y doble fábula: la de que la mayoría de los catalanes –y ésta es la más flagrante– quieren la independencia y la de que ésta puede conseguirse en la actual situación de descrédito internacional y de suma debilidad económica. El «astuto» comienza a suscitar vergüenza política ajena.