Ayer y versos

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La gente se enfada con todo y por todo. Y algunos se querellan por bobadas. La querella está de moda en las tertulias cretinas de las televisiones. Cuanto más pedorro es el querellante, más abogados anuncia. «Retira ahora mismo que me he acostado con Ferefe o te mando mis abogados». Antaño, había más cultura, más encaje y mayor estilo.

Mis primeras colaboraciones las publiqué en «Sábado Gráfico». Allí, el emperador era el gran Eugenio Suárez. Y firmaban en aquel semanario, entre otros, Antonio Gala, Álvaro Cunqueiro, Néstor Luján, José Bergamín y Juan Pérez-Creus, que lo hacía bajo el seudónimo de «Pájaro Pinto».

«Sábado Gráfico» sufrió sinsabores judiciales, pero con talento y enjundia. Eugenio Suárez fue condenado en cierta ocasión a pagar una multa de 137.879 pesetas. Se presentó en el Juzgado con varios empleados de una compañía de seguridad que portaban veinte bolsas. Y solicitó la presencia del juez. «Señoría, he venido a pagar la multa. Su obligación es contar el dinero para comprobar su satisfacción y cumplimiento». En las bolsas llevaba 138.000 pesetas en monedas de cinco pesetas. Y aquel Juzgado se paralizó contando los dineros. Otros tiempos y diferentes personas. La mayor ilusión de Eugenio la cumplió, ya superados los setenta años. Hacer el amor en una ambulancia que hacía sonar su sirena por las calles de Madrid. «Ha sido fabuloso», comentaba con posterioridad a la hazaña.

Y Eugenio era un enamorado de la satírica y su libertad. En febrero de 1979, el marqués de Villaverde impartió una conferencia en la sede de Fuerza Nueva, sita en la calle Mejía Lequerica. Puso a parir al Rey, a Suárez y a la transición. Le dediqué unos versos de cabo corto, capados, con alguna licencia, y al leerlos Eugenio, comentó: «Querella al canto». «Ánimus iocandi», le dije. «De acuerdo, pero querella al canto». Sucedió que la víctima, en aquella ocasión, se comportó como un señor. El poema se titulaba «Villaver».

El que era de Franco yer,

Cristóbal Martínez Bor,

Duque de Franco consor

Y marqués de Villaver,

Inauguró sin acier

Su labor conferencián,

Y habló de Francisco Fran

De forma tan vehemén,

Arrogante y petulán,

Que por osado e imprudén,

Avergonzó hasta Fernán

Fuertes de Villavicén.

Dijo Cris en Fuerza Nué,

Con toda la sala llé

De intrépidos nostalgí,

Que él nunca tuvo problé

Humanos con el Caudí,

Por ser siempre de su sué

El yerno más preferí,

Padre amante de sus nié

Y de su hija, el marí.

El doctor cardiovascú,

Que fue marqués de rechá

Y hoy gracias al Rey, es dú,

Ha hablado como un merlú,

Y se ha quedado tan fres

Aplaudido por Blas Pi,

Raimundo Fernández Cues,

Y el resto que fue a la fies

De Mejía Lequerí.

Y es que el hombre está que ar

Porque no tiene un enfer,

Ni le saludan los guar,

Ni puede cenar los vier

En el Palacio del Par,

Con doña Imelda de Mar,

Nené Nieto, doña Car,

Y don Alfonso, su ex yer.

Porque ya nadie le inví

A cazar por un negó,

Ni le paga el Banco Có

Sus viajes a Maní.

Porque en cualquier sanató

No es más que un simple medí,

Cuando en tiempos del Caudí

No le tosía a Cristó

Ni el doctor Jiménez-Dí.

Porque ni a cenas ni a cock

De uniforme, frac, smock,

Ni a ningún público ac

Lo convidan, está el doc

Muy dolorido en su tac.

Él, que fue dueño de Espá,

Trina de rabia y de fú,

Porque el Rey y Adolfo Suá

Han desatado los nú

Que estaban tan bien atá,

Convirtiendo en democrá

Lo que fue una dictadú.

¡Martínez, si no se cá,

Le van a decir segú

Que con sus penas se va

Se vaya a tomar por cú!

No hubo querella. Dos semanas más tarde coincidí con Villaverde en un homenaje al conde de Teba celebrado en Somontes. Vino hacia mí. «Me has puesto a parir, a caer de un burro. Pero lo has hecho tan bien que has conseguido que sonría mientras leía tus versos».

Un detalle señor. Otros tiempos. El ayer añorado, aquellos versos.