Bailar con el diablo

La Razón
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Lo explica Ezra Klein en la revista «Vox». Pocas cosas explican mejor la defectuosa racionalidad de Donald Trump que el discurso con el que el otro día presentó a Mike Pence, gobernador de Indiana, como su futuro vicepresidente. 28 minutos de parlotear como un pollo loco, con la dirección rota y un pasmoso aire a Dory, el desmemoriado pez Pixar. Su capacidad de concentración nunca rompió la barrera de los cinco segundos. De vez en cuando recordaba por qué estaba allí y al pobre Pence, pero inmediatamente quemaba neumático para elucubrar sobre Hillary Clinton, aplaudir el Brexit, condenar los tratados de libre comercio y felicitarse por lo listo que es, la humillación que ha propiciado al establishment republicano y lo bonito que le está quedando su nuevo hotel en Washington. Ni los Monty Python en una fiesta lisérgica o el Groucho Marx de «Sopa de ganso» habrían mejorado el despelote. Un monumento al surrealismo involuntario que haría las delicias de un pabellón psiquiátrico. Hoy, ya entronizado, comienza su nueva vida. Al rey de la comedia, emperador del chascarrillo cutre y el bromazo barriobajero, enfrentado al legado de Obama y, también, al de George W. Bush, le queda por delante la tarea más importante de su vida. No me refiero a la Casa Blanca. A la vista de la frivolidad con la que el gentío vota sería imbécil descartarlo. Hablo de la demolición del partido republicano tal y como existió. En su ausencia estrenará un artefacto nuevo, entre el nativismo xenófobo y el esperpento «prime time», enemigo de la globalización y la OTAN. Un juguete de hombres blancos, viejos, airados y poco instruidos, seguros de que es posible regresar a 1950 y resucitar los grandes astilleros, el acero de Pittsburgh y el «status quo» previo a Kennedy, la lucha por los derechos civiles y etc. Normal que en su coronación en Denver faltasen los tres Bush, Mitt Romney, John McCain, John Kasich, gobernador del estado donde se celebra la convención, y un sinfín de senadores y donantes. Pero ojo. Trump no cayó zumbando desde las estrellas como el meteorito del Cretácico. Nadie, ni siquiera el peor canalla, gana el poder en una timba. Es el producto de una retórica altamente explosiva. De un estado de ánimo desgreñado. Del todo vale y la magufería dialéctica. De la obsesión por regresar al Despacho Oval por tierra, mar o aire. Hace un año pronostiqué que Trump moriría rápido, aproximadamente cuando insultó a McCain, héroe de guerra y prisionero en Vietnam, por «haberse dejado coger». Hoy, vacunado de humildad, apuesto fácil. Gane o pierda en noviembre costará años, quizá décadas, revertir su herencia. Su caudal de afrentas. Su mala baba. Sus simplificaciones. Su antiintelectualismo. Su videojuego mental. Lega un hedor a tierra planchada y ruinas. Un panorama de vulcanismo febril, cócteles de lava, cenizas por doquier y cicatrices profundas. A una derrota electoral se sobrevive. A la evisceración ideológica, la quiebra ética, la bancarrota estética y el abrazo tactista con el diablo no lo tengo tan claro.