Benedicto XVI

La Razón
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Joseph Ratzinger cumplió ayer noventa años, pero será hoy cuando un grupo de amigos llegados de Baviera le festejen como se merece.

Soy de los que creen que la historia reivindicará, a no mucho tardar, su figura y se enmendarán así una serie de juicios que o la han denigrado o la han disminuido hasta la caricatura. Entre quienes están contribuyendo a esa tarea de justicia figura en primer lugar el Papa Francisco que no pierde ocasión para alabar y enaltecer en su justa medida a su predecesor.

En su libro-entrevista con el periodista alemán Peter Seewald, el ya Papa emérito ha tenido el coraje que algunos le han criticado de analizar su pontificado, de aceptar sus errores o deficiencias y de subrayar también sus aspectos más positivos. «No puedo verme como fracasado –arguye contra sus críticos–, desempeñé el ministerio petrino durante ocho años. En ese tiempo hubo muchas situaciones difíciles, pero en conjunto fue también un período de tiempo en el que numerosas personas reencontraron el camino de la fe y existió un gran movimiento positivo».

En otra página de ese libro Ratzinger zanja otra cuestión que se le ha reprochado: «Lo importante es que la fe se mantenga en nuestro tiempo. Esta es, en mi opinión, la tarea principal. Todo lo demás son cuestiones administrativas que no tenían que ser necesariamente resueltas en mi pontificado».

Cuando se haga un balance más desapasionado de su reinado nadie podrá regatearle tres indiscutibles méritos: haber iniciado la reforma de las estructuras económico-financieras de la Iglesia que hacían agua por todas partes, desencadenar la verdadera ofensiva contra la pederastia clerical con su «tolerancia cero» y, desde luego, el coraje de haber dimitido de su ministerio como Sumo Pontífice. Y sobre esto creo que ha llegado el momento de poner fin a bulos y suposiciones maliciosas: lo dejó porque las fuerzas físicas le abandonaron. «Si se quiere desempeñar adecuadamente la tarea –le dijo al periodista alemán–, está claro que cuando uno ya no tiene la capacidad suficiente lo pertinente es dejar libre la sede pontificia».