Berrea de jazz

Reconozco que mi afición al jazz se debe sobre todo a la fascinación que he sentido por la manera extrema y delirante de vivir de muchos de sus músicos más notables. Fueron a menudo cautivos de algún vicio insuperable y ni les preocupó demasiado labrarse un porvenir en medio del anonimato y la penumbra, ni les importó que casi sin darse cuenta eligiesen su peor destino y cavasen luego ellos mismos sus tumbas. Uno escucha el «Harlem Nocturne» de Earl Hagen y Dick Rodgers, interpretado por Illinois Jacquet, y comprende que no puede haber una manera más hermosa de que en el grisú del aliento de un saxofonista exhausto se arrastre casi muerto un hombre. Algunos de aquellos músicos de jazz fueron afortunados y envejecieron con cierta naturalidad, pero otros muchos cayeron por el camino porque vivieron demasiado deprisa, con voraz desesperación, como si supiesen que la vida es un placer que se malogra si su abuso no sirve para la grandeza de justificar una muerte prematura, como le ocurrió al angustiado Charlie Parker, que exprimió su salud y su aliento y apareció muerto en el cadáver de un tipo al que al Policía supuso veinte años mayor que él. Fueron hombres de talento y carne de presidio; mujeres como Billie Holiday, que cantaba con un rictus de supremo dolor, como si el talento fuese en su caso parte de un insoportable mal sabor de boca; o como tantos de aquellos músicos que tocaban de madrugada en los garitos de Kansas City, Chicago o Nueva York, perdían la noción del tiempo y corrían luego al espejo del baño, lívidos y demacrados, para no olvidar que era suyo aquel rostro desencajado en el que se intuía, como si lo golpeasen a contracanto las baquetas de Gene Kruppa, la leñosa berrea de la muerte. Es por eso por lo que amo el jazz: Porque es una manera hermosa de entender que la felicidad de estar vivo cobra todo su sentido cuando no puedes disfrutarla sin que te cueste la vida.