Buzón deshabitado

La Razón
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Los buzones de correos han perdido vida. La correspondencia que se recibe en los domicilios particulares se resume en cartas bancarias e invitaciones para acudir a eventos prescindibles. Ahora, en Navidad, también se juntan las tarjetas de felicitación, que ya en enero desaparecen. Los carteros que llaman a la puerta de las casas siempre traen malas noticias, portadores de multas y sanciones. No hay cartas de amor, ni de amigos, y lo que es más grave, de enemigos. La literatura epistolar se ha pasado a la pantalla gélida de los ordenadores, que tienen alma de bacalao. Aquella bellísima balada de Georges Moustaki, «Le Facteur» –el Cartero–, ha perdido todo su significado. Y mi buzón, optimista e ingenuo, no gana para decepciones. Confiaba en albergar una invitación para acudir a Mustique. Moustaki ha sido un excepcional intérprete de sus canciones propias y las de Theodorakis. Mustique, tan parecido, es una isla. No ha habido suerte.

No he sido invitado a la boda de Ana Boyer y el tenista Fernando Verdasco, conocido en el mundillo de la raqueta como «Fer». Lo teníamos –mi mujer y yo–, todo dispuesto y preparado. A un enlace de ese nivel aristocrático no se puede ir vestido como a una boda de gente corriente. Y menos aún si se celebra en Mustique. Un ojo de la cara me ha costado la pamela, y a ver qué hacemos ahora con la pamela. Del ala frontal de la pamela de marras cae una celosía a modo de mosquitero. Estábamos advertidos. La isla de Mustique, sita al norte de la costa venezolana y perteneciente al Estado de San Vicente y Granadinas, cuenta con tan sólo 500 habitantes de la especie humana. Pero se calcula que por sus primeros andamios del aire compiten por la supremacía y la exclusiva de picar a los turistas, siete mil diferentes familias de mosquitos, capaces de fastidiar una boda de tan altas expectativas y características. En la isla de Mustique, existen dos grandes hoteles y se ofrecen un centenar de villas de alquiler. A esas villas han entregado su afán de descanso los Duques de Cambridge, David Bowie, la difunta Princesa Margarita de Inglaterra, el matrimonio Aznar Botella, mi recordado amigo –que lo era–, Ramón Mendoza, y muchas parejas ocultas, de amores tinieblos, que no viene al caso identificar. En Mustique, tan breve de territorio –apenas 5,7 kilómetros cuadrados–, ha pasado de todo, y mi ilusión por conocer sus delicias aprovechando la boda de Ana y Fer era muy grande. Pero mi correo no ha sido habitado por la invitación precisa, y aquí he restado, abrazado por el desconsuelo.

Leo en la prensa especializada en Mustique que al ser identificado un reportero «paparazzi» en el lujoso hotel «Firefly», Ana y Fer han adelantado un día su boda en la preciosa playa de Macaroni. Me ha consolado la decepción esta medida. Cuando se viaja hasta el Caribe para asistir a una boda, y esta boda se adelanta sorpresivamente un día, los invitados –sobre todo ellas–, no pueden tolerar ser tratados de esa manera. Hay que contar con las reservas en las peluquerías, y ese día previo a la boda sometiendo los cuerpos al color bronceado que garantiza el sol de los caribes. Así que están las famosas en las «pelus» de Mustique y llega la noticia: –Que se acaban de casar–. –¡Pero si es mañana!–, protesta una famosa, con toda la razón. –Sí, pero han descubierto a un reportero que se puede cargar la exclusiva, y como ellos están fatal de dinero y la exclusiva es fundamental para garantizar sus gastos en los primeros meses de casados, han llamado al cura, el cura ha acudido, y aquí paz y después, gloria. Isabel y Mario han llegado a tiempo, lo mismo que los hijos de Julio Iglesias y de Carlos Griñón, pero a los invitados les ha cogido el toro con el paso cambiado. Claro, que al final lo han comprendido, porque la exclusiva es fundamental para salir de los lógicos apuros económicos de los chicos. Lo escribió don Pedro Muñoz-Seca en los «Extremeños se tocan»: «Qué desgracia es la desgracia/ de vivir en la estrechez. / ¡Qué ganas tengo, Dios Mío/ de morirme de una vez!».

Ahora me alegro por no haber sido invitado, a pesar de la íntima amistad que me une con las dos exclusivas familias. De Fer soy un seguidor leal y persistente, y he tenido la recompensa que merece tanta fidelidad. En el año 2011, al fin, le vi ganar un campeonato. No era Wimbledon, ni Rolland Garrós, ni nada parecido, pero el tío ganó, y eso no se me olvida. Y ella, pues la verdad, no tiene nada que agradecerme. Pero me ha herido, aunque ahora me alegro, que no me haya invitado a su boda en Mustique, la joya de las Antillas menores.

Conmigo no se juega, muchachos. Y con mi ilusión, menos aún. Que os piquen los mosquitos. Mañana, no escribiré de Puigdemont, y lo advierto con toda seriedad.