Camilo, el amigo

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El jurado del Premio Formentor al Humor y la Tolerancia le concedió el premio a Camilo José Cela. Estaba compuesto, entre otros, por José María Stampa, Miguel Buadas, Antonio Mingote, Jaime Campmany, José María de Areilza y el que firma este texto. El premio consistía en un pino de plata y 500.000 pesetas en monedas de 25 en una enorme carretilla. Camilo no demostró en aquellos días ni buen humor ni la menor tolerancia. Se comportó como un niño poco educado y en ocasiones, necio, insoportable.

Al cabo de unos meses, en el bar del Hotel Miguel Ángel, coincidí con Camilo. Apareció vestido de dulce de membrillo. Limpio como una patena, con una camisa rosa con el cuello y los puños blancos y una corbata de Gucci. Le acompañaba una joven rubia que se hacía más pequeña junto al corpachón del genio. Era otro Camilo. Y me aventuré a decírselo: –Creo que estás de nuevos amores–; Camilo me señaló a Marina: –Éste es mi nuevo amor–.

Marina Castaño fue severamente criticada en aquellos tiempos. Pero doy fe de que gracias a ella Camilo se convirtió en un señor educado y pulcro, en un amigo leal, en una persona que no desmerecía con su comportamiento de su categoría literaria. Le renació su raíz Trulock, y hasta su voz tronante se amortiguó en su nueva versión social. Se lo había dicho a su mujer, Charo Conde, a la que tanto quiso, en un arranque de sinceridad.

«Charito, estoy enamorado como un cadete. De otra, como te podrás imaginar».

Cenábamos con frecuencia. En su casa de Guadalajara, en la de Puerta de Hierro, en la de Antonio, en la de Jaime y en la mía. Le irritaba la doble conversación, a la que tan aficionados somos los españoles. Y poco a poco, nos convertimos en grandes amigos. Nos regaló su sabiduría y su memoria vital, pero jamás dejó morir su lado gamberro, inesperado y siempre divertido. –Cuéntame lo de Valenzuela–.

Dos años antes de su enamoramiento de Marina, El Rey y Don Juan nos invitaron a un grupo a cenar en el Palacio Real. El grupo lo formábamos los miembros del comité que había montado un gran homenaje a Don Juan III, homenaje que se nos fue de las manos por la cantidad de personas que deseaban participar. Me senté a la derecha de Rosario Conde, y tenía enfrente al general Joaquín Valenzuela, Jefe del Cuarto Militar del Rey, ya recuperado de las terribles heridas sufridas en un atentado de la ETA. El general tenía a su lado a una mujer guapísima y conversadora. La mujer de Camilo era una gran señora, pero no demostró interés alguno por mi charla. Me respondía con monosílabos y me miraba con lejanía. El general me pidió que le firmara el tarjetón con el menú de la cena, y así lo hice: «Del poeta Alfonso Ussía/ al general Valenzuela:/ Te cambio tu compañía/ por la señora de Cela». El Rey le pidió a Valenzuela el tarjetón para leerlo en voz alta. Y comenzó la lectura. Afortunadamente se detuvo, y mirándome con sorna imperativa me advirtió: «Después hablamos tu y yo». Y a Camilo le divertía aquel suceso del pasado. Como le gustaba contar su capacidad de absorber el agua de una palangana sentado sobre ella, y el suceso del amigo mago que después de una cena bien regada se ofreció a ser enterrado y a las tres horas descubierto todavía con vida. Pero tres horas eran muchas y se les olvidó desenterrar al mago, y al día siguiente cuando procedieron a hacerlo estaba completamente fiambre. Historias de su imaginación que terminaba creyéndolas a pies juntillas.

El genio literario falleció por una neumonía, y lo hizo con la originalidad que se le exigía. Sus últimas palabras fueron: «Marina, te quiero, ¡Viva Iria Flavia!». Paco Umbral, que nos acompañó en muchas cenas, no estuvo generoso con Camilo. Paco era otro tipo de genio, pero no leal, y tampoco presumía de ello. Mientras vivió Camilo le rendía pleitesía y aparente devoción. Cosas del mundo de las letras.

Camilo, el amigo, el que yo conocí, era un tipo diferente y formidable. Su grandeza literaria es incontestable y sólo se la niegan los mediocres resentidos. Pero yo recuerdo hoy al gran amigo que supo serlo de los suyos, con elegancia y lealtad absolutas.