Casinos y comunas

Visto el desacuerdo entre nuestros políticos respecto de legislar en materia educativa, seguramente lo urgente sería devolverlos a todos ellos a la escuela para que adquieran el nivel de sensatez que los ciudadanos esperamos de ellos. Probablemente nada explica mejor el fracaso escolar de nuestros muchachos que el propio fracaso de nuestros políticos, incapaces de ponerse de acuerdo en una materia de capital importancia que tendría que permanecer ajena a las conveniencias ideológicas o electorales. Los políticos han de ser conscientes de que la enseñanza no puede ser convertida en un caladero de votos, ni en un centro de reclutamiento confesional, de modo que si sobran los crucifijos será por el mismo motivo de asepsia instrumental que estorban también otros conceptos deslizados en la educación con el fin evidente de convertir las aulas en una cetárea socialista. Ni los colegios son viveros para el cultivo temprano de la lealtad política, ni ha de ser por su carestía la universidad un coto reservado a las elites económicas. Para eso ya están acreditados los viejos casinos, rancias instituciones en las que sólo a hurtadillas se colaba con su escoba la señora de la limpieza mientras el notario, el médico y el catedrático afín, disfrutaban de aquel orbe exclusivo e incontaminado, casi antibiótico, a salvo de la obscena pluralidad de la calle, considerada el foco infame en el que se propagaba la gripe, cundían los vicios y se urdían las revoluciones. Ni casinos, ni comunas. Seamos un país moderno y sensato, un lugar en el que los políticos recuperen la dignidad y la vergüenza, una nación en la que la discusión del futuro no implique la reforma de la Historia. Será bueno que la derecha se contenga de sus tentaciones diocesanas, a cambio, claro está, de que la izquierda comprenda que el socialismo no tiene por qué ser otra manera de rezar. No permitamos que los monos se avergüencen del resultado de su evolución.